sábado, 9 de marzo de 2019

no me des lecciones de feminismo






Amanezco este nueve de marzo un tanto brumosa, después de un #8M intenso. No hice muchas fotos, y las que hice no son muy buenas. En realidad, me dediqué a vivir las distintas reivindicaciones a lo largo de todo el día, en mi huelga particular.

Un año más me emocionaron las estudiantes –y sus compañeros- en la manifestación. Hay futuro. Al mediodía la plaza del Pilar se llenó para reventar “El cuento de la criada”, esa distopía de Margaret Atwood en la que las mujeres perdemos todos nuestros derechos y vivimos sometidas a nuestros maridos –las de clase alta- o a nuestros dueños –todas las demás- convertidas en vientres reproductivos. Suena tan parecido a eso que eufemísticamente llaman “gestación subrogada”,·que ya es una realidad y que siempre tiene un único sentido: pareja pudiente alquila una mujer para que se destroce su cuerpo con el embarazo y parto de un bebé ajeno al que no le podrá unir ningún vínculo afectivo.




Por la tarde participé, otro año más también, en la manifestación convocada por la plataforma #8M. He de reconocer que no las tenía todas conmigo. Pensé que no tendría la repercusión del año pasado. Afortunadamente, estaba equivocada. Después de más de dos horas y media, a las nueve de la noche solo había conseguido llegar a la plaza España desde el Paraninfo. Agotada e invadida por necesidades primarias, decidí dejarla, satisfecha por comprobar que nos habíamos superado. Que ese grito unánime que se resumía en que “la revolución será feminista o no será” es cada vez más fuerte y, lamentablemente, necesario.




La tarde anterior había asistido a la inauguración de la Exposición “ULTRAVIOLETA. Didácticas desde los feminismos” y leí un texto que me ha hecho reflexionar bastante: “Desde sus albores más tempranos […] el movimiento por los derechos de las mujeres ha tenido entre sus cometidos la re-educación de una sociedad siempre recelosa ante sus reivindicaciones. Ya en el siglo XV, durante la llamada Querella de las Mujeres, un gran número de autoras [..] comienzan a generar textos contra la misoginia que sufren e identifican, explicando el fundamento cultural, y no natural, del trato desigual del que son objeto.

Desde entonces, el esfuerzo del feminismo en el plano pedagógico ha sido ingente, suponiendo a menudo una gran inversión de tiempo y energía. A las activistas o, sencillamente, a las personas que se definen como feministas, se les exige además una disposición plena y una actitud siempre didáctica, dando por sentado una dedicación que no es reconocida ni valorada a nivel externo: una tarea invisibilizada que a menudo supone una pesada carga pero que también tiene brillantes expresiones.

No le falta razón. Parece como si tuviésemos que estar continuamente explicando y hasta justificando nuestro feminismo, más o menos público, pero siempre activo. Y es que ayer mismo era tachada de poco menos que arribista, que solo era feminista desde hacía tres años, que nunca me habían visto anteriormente en manifestaciones ni actos. Me lo decía una persona que me conoce, o al menos eso creía, bien, un hombre que tuvo que buscar su postura feminista cuando era joven, allá en los setenta, precisamente en el mismo momento en el que yo, en mi casa, estaba recibiendo una educación en igualdad. Igualdad de oportunidades en el estudio, igualdad de obligaciones en casa, igualdad de derecho al trabajo. Recibía mensajes de parte de mi madre de “ten siempre tu propia independencia económica, no dependas de nadie” mientras ella se iba a trabajar todas las mañanas taladrando mis oídos con sus tacones por el pasillo. Crecí creyendo en esa igualdad, en esa independencia no solo económica, sino también social, afectiva e intelectual. Elegí el camino de las ciencias que parece vetado a las mujeres. Elegí el camino de la Geología, de grandes soledades en el monte. Elegí el camino de la construcción en un mundo de hombres. Elegí ser libre, y no atarme a quien me intentó doblegar, menospreciar, anular. También había elegido años antes el mudo del deporte, desde crear mi propio equipo de fútbol sala hasta carreras de orientación en bicicleta de montaña. Elegí caminos difíciles, vetados normalmente para una mujer. Elegí vivir de manera natural como una persona, sin distinción de sexo ni de género. Porque pude elegir. Y eso, también es verdad, se lo debo a las mujeres que me precedieron.

Y tal vez precisamente porque me parecía natural no debí de estar en esas expresiones públicas del feminismo de las que hablaba, tal vez, entre otras cosas, porque hasta hace muy poco, nos habíamos movido en distintos ámbitos, y era difícil que pudiéramos coincidir. O tal vez incluso puede ser que el que no me viera –porque no me conocía- no quisiera decir que no estuviera allí. No recuerdo exactamente dónde me he metido, porque he participado en muchas cosas a lo largo de mi vida. Sí recuerdo haberme encarado en los años noventa con políticos presuntamente de izquierda que dudaban del feminismo y de la brecha salarial, por ejemplo. También durante la carrera adopté posturas de defensa de las mujeres contra los profesores arriesgando mi expediente. He dejado parejas cuando me querían someter y, por supuesto, jamás he tolerado un mal trato. Es más recuerdo en el equipo de fútbol sala, como a una jugadora, ocho años más joven que yo, su novio la insultaba e incluso creo que la llegó a agredir. Yo me quedé aterrada porque no me podía imaginar que esos comportamientos se siguieran dando en gente tan joven. Han pasado más de veinticinco años desde entonces y lamentablemente, se siguen dando entre los chavales de la generación de mis hijos.

Cansa, cansa profundamente estar haciendo continuamente didáctica del feminismo, que es lo mismo que decir hacer didáctica de tu propia vida, para que luego venga un hombre a dar lecciones. No, gracias. No me cuentes mi vida.

viernes, 1 de marzo de 2019

son mis amigas







Permitidme que os hable de mis amigas. Os puedo hablar de Arantxa, Beatriz, Blanca, Gloria, Manu o Tere, por ejemplo. Son todas geólogas. Las cuatro primeras, profesoras del Departamento de Ciencias de la Tierra de la Universidad de Zaragoza. Manu, catedrática en la Universidad de Borgoña. La última, presidenta de la Delegación del Colegio de Geólogos en Aragón. Son todas mujeres de mi generación. A algunas las conozco desde los catorce años, con otras hemos sido como hermanas. Todas ellas han destacado en sus campos de trabajo.
Arantxa es vicedecana de calidad de la Facultad de Ciencias, profesora titular del Área de Estratigrafía y divulgadora científica a través de una actividad de “Geología forense”. Siempre ha sido una mujer de carácter –de buen carácter- inteligente y luchadora, a la que conozco desde que tenía catorce años y que no solo no me sorprende adonde ha llegado, sino que sé que llegará mucho más lejos.
Beatriz también es profesora titular del Área de Estratigrafía, secretaria del Departamento de Ciencias de la Tierra y editora principal de la Revista de la Sociedad Geológica de España (también presidida por una mujer y en la que hay una comisión específica de mujeres y geología). Hemos sido uña y carne durante muchos años, desde el instituto, hemos vivido grandes momentos y otros muy duros. La suya ha sido toda una carrera de obstáculos machistas para alcanzar sus metas. Y lo que le queda.
Blanca es profesora titular de Cristalografía y Mineralogía, directora del Departamento de Ciencias de la Tierra, también ha sido vicedecana de la Facultad de Ciencias y actualmente preside la Sociedad Española de Mineralogía. Recuerdo que durante la carrera, una vez pasados a limpio, sus apuntes eran los mejores… Y los momentos que pasamos en el campo, también.
Gloria es profesora doctora contratada del Área de Geomorfología e investigadora en el Instituto Universitario de Ciencias Ambientales (IUCA) especializada en Geología Ambiental. Su casa en Fabara ha sido mi casa y sus padres me trataron siempre como una hija. Mujer decidida de ideas claras, nunca rebla hasta conseguir sus objetivos.
Manu es catedrática de Sedimentología en la Université de Bourgogne –de hecho, fue la primera catedrática de Geología en Francia- y anteriormente fue profesora titular en el museo de Ciencias Naturales de París. Ha recorrido medio mundo buscando yacimientos petrolíferos. La suya también ha sido una carrera plagada de obstáculos en la que antepusieron su condición de mujer por delante de su capacidad e inteligencia. Pero ella ha sido más fuerte.
Tere trabaja en la Confederación Hidrográfica del Ebro como Técnica Facultativa Superior y es Jefa de Servicio de Gestión y Planificación de Aguas Subterráneas. En la Comisaría de Aguas del Ebro, con perfiles de titulaciones científicas, el 45% de puestos de jefatura lo ocupan mujeres, aunque según ellos, en otras áreas aún queda mucho camino por recorrer. Además es presidenta de la delegación del Ilustre Colegio Oficial de Geólogos en Aragón. Tere nunca pierde la sonrisa, es una mujer tenaz que ha sabido pisar firme en su trabajo.



Os podría hablar de más amigas mías médicas, abogadas, ingenieras, que se han tenido que hacer un hueco en sus profesiones a veces desde el minuto cero, como Piluca, mujer de sobresaliente en COU y que el primer día de ingeniería me llamó llorando porque los profesores les habían dicho a las futuras ingenieras que ellas solo estaban allí para pillar marido... Ha dirigido las instalaciones eléctricas de obras como el Hospital Miguel Servet, o el Provincial.
Nosotras también tuvimos que afrontar micro, meso y macromachismos en nuestra carrera, como aquel profesor que nos echaba broncas por llevar rimmel al mirar el microscopio porque decía que manchábamos los oculares, o posturas claramente misóginas –o excesivamente babosas- en los despachos.
Mis amigas han llegado lejos, y sé que ese no es su techo de cristal. Somos las hijas del babyboom, la primera generación que llegó masivamente a la Universidad. Que nos dijeron que podíamos y nos lo creímos, que recibimos clases de un profesorado mayoritariamente de hombres en una promoción mayoritariamente de mujeres, proporción que subió entra los que terminamos la licenciatura en cinco años, y que hoy se traduce en que ha aumentado la cantidad de profesoras en el departamento. Las mismas hijas del babyboom que nos encontramos gran parte del camino hecho en la lucha feminista por las generaciones inmediatamente anteriores, que también creímos que por fin se estaban dando los pasos adecuados, que pensamos que lo natural era la igualdad, porque nos sentíamos así. Que disfrutamos de nuestra sexualidad sin complejos ni mucho menos culpa, que pudimos hablar, que ya no vivimos el machismo trasnochado del franquismo que sufrieron nuestras madres, que ya no tuvimos que depender de nadie. Que quisimos transmitir a nuestras hijas e hijos todos esos valores para avanzar hacia una sociedad mejor.
Algo falló. Han pasado casi treinta años. Nos debimos de confiar, creímos que habíamos ganado esa lucha por la igualdad y bajamos la guardia. Fue solo una batalla. Veo con estupor cómo lo que creíamos conseguido ha vuelto atrás. Cómo revive la dependencia y el control de manera más sutil –y, por tanto, más peligrosa- en las nuevas generaciones. Cómo nos pretenden devolver a la caverna social, a la pata quebrada y cómo quieren convencernos de que lo que nos pasa es porque nos lo merecemos. Cómo niegan nuestra realidad, nuestra valía. Cómo quieren controlar nuestro cuerpo.
Nos relajamos y se nos comieron, y de nuevo tenemos que volver a reivindicar nuestro sitio. Tenemos que convencer a las niñas de que valen para la ciencia, a las chicas de que no eso no es amor sino control, a las mujeres de que sean libres en lugar de valientes, a las profesionales de que valen tanto como sus compañeros… Pero sobre todo tenemos que convencer a la sociedad de que esa niña es igual a ese niño, a los hombres de que nos quieran, nos respeten, nos entiendan. A los profesionales de que somos todos y todas igual de capaces, de que podemos y de que nos merecemos cobrar de la misma manera.
Hay que convencer de una vez por todas al mundo de que el 50% de la población no puede ser discriminada por el hecho de ser mujer, sino que estamos perfectamente capacitadas para ejercer todos y cada uno de los trabajos y de los puestos de responsabilidad, de acuerdo con nuestra formación. Y si no, ahí están esas seis mujeres, mis amigas, como muestra de ello.

Publicado en "El Pollo Urbano" marzo 2019

http://www.elpollourbano.es/nosotras/2019/02/son-mis-amigas/

sábado, 1 de septiembre de 2018

la magia del arte y las palabras








Llegar al Espacio Huecha no es fácil. Tienes muchas posibilidades de pasarte de largo. Tal vez ahí resida parte de su magia, el del lugar recóndito al que sólo llegan los iniciados.
Al traspasar, por fin, esa puerta junto a la plaza de la iglesia de Alberite de San Juan esa magia se convierte en realidad… O tal vez sea al contrario. Bajo el amparo de una casa de pueblo, rodeados de piedra, madera, ladrillo y mortero se abren cuatro espacios expositivos y un jardín recoleto. Y el entorno y la materia se hacen arte y poesía de la mano de Miguel Ángel Domínguez y su hija Marta Domínguez Alonso en un maravilloso y perfecto ejercicio de amor paterno-filial.
Miguel Ángel, artista plástico de dilatada trayectoria, se encarga de programar las exposiciones, normalmente un par de ellas por temporada, en verano, en las que no falta su obra, como este 2018 en el que disfrutamos de El Dragón enredado entre las rocas. Marta se ocupa de las presentaciones y diálogos poéticos en el jardín, al amparo de la torre de la iglesia mudéjar de la Asunción. Y todo ello cuenta con la hospitalidad de Inma Alonso, verdadera hada madrina del Espacio Huecha. Hasta allí, llegan –llegamos- una serie de incondicionales, entre los que tengo la osadía de incluirme, gracias a la infatigable actividad del perfil de Facebook del Espacio Huecha, del que Marta es su principal responsable.


Y es que, aunque ambos, padre e hija pedalean en su tándem creativo, es ella con su energía la que va al manillar, la que impone su ímpetu, frente a la tranquilidad, rayando en timidez, de su padre. Se podría decir que Marta es el motor que mueve el espacio, la que está siempre detrás, pero siempre hacia delante; quien con la elegancia y generosidad heredada de sus padres y su propio carácter, tan dulce como entusiasta, ha conseguido movilizar lo mejor de la poesía aragonesa hasta Alberite, adonde los autores van a presentar sus últimos trabajos, como ya hizo Manuel Martínez Forega en la sanjuanda de este mismo año, o como vino a hacer Jesús Soria Caro el 8 de septiembre de 2018, coincidiendo con la inauguración de la exposición Al paso de Germán Díez.


Jesús Soria, colaborador de El Pollo Urbano en la sección de letras, dialogó con Marta Domínguez sobre sus libros Diario de Oceanía, Diccionario del tiempo, Sum(ido) 366, prologado por la propia Marta, cuyo título es un claro homenaje a Miguel Labordeta y su Sumido 25, en el que hace una apuesta por el haiku buscando la complicidad del lector y The end, poemario dedicado a películas del cine universal, como buen cinéfilo que es.


Esta relación con la poesía ya viene de lejos, porque el propio Miguel Ángel tiene decenas de carpetas de papeles pintados para obras de diferentes poetas, colección que va creciendo año tras año de manera casi compulsiva. A su vez, Marta, ha publicado varios libros de poemas y participa activamente en encuentros a nivel nacional, como el que hubo de escritoras a mediados de septiembre en Piedrahita (Ávila), o más recientemente en Gotor en torno a la Celtiberia literaria.
En definitiva, arte y poesía se dan una vez más la mano en el Espacio Huecha -como ya lo hicieran esta primavera en la exposición Doce poemas pintados, en la que participó Miguel Ángel y el posterior libro, prologado por Marta- en una suerte de hechizo fantástico a los pies de la montaña mágica por excelencia que es el Moncayo.


lunes, 25 de septiembre de 2017

el arte en sus manos. I: Pedro Tramullas






Hace un tiempo empecé casi por casualidad, una pequeña colección de fotos de manos de artistas. En los últimos años he tenido la oportunidad de relacionarme con algunos de los mejores del panorama nacional y, en algún caso, internacional. Personas no solo altamente creativas, que no es poco, sino con la destreza suficiente como para traducir sus ideas a la materia a través de sus manos. Como fotografiar cerebros me es francamente difícil y como mis manos son absolutamente incapaces de crear algo bello por mucho que lo imagine, aquellas otras de artistas, maravillosas y habilidosas, me daban cierta sana envidia y decidí, en una de aquellas visitas, fotografiarlas y escribir, ahí sí que tengo cierta maña, lo que me transmitían.
Hoy, dos años y medio después, tarde, demasiado tarde, comienzo mi colección de impresiones con las manos de un gran hombre que nos acaba de dejar, las de Pedro Tramullas.
Poco más puedo aportar sobre él después de todo lo que se ha dicho en estos tres días desde que nos enteramos de su fallecimiento. Yo solo puedo escribir lo que sentí el día que fui a comer a su casa sus inefables muslos de pato. Sentí magia casi en el mismo instante de traspasar la puerta. Pedro, un hombre mayor de aspecto tan curioso como imponente me empezó a enseñar su taller abarrotado de objetos y esculturas en piedra, madera y metal, y en sus ojos empecé a descubrir un cierto brillo de complicidad que se agrandó después de comer cuando subimos a ver todo el equipo que guardaba de su abuelo. Yo estaba fascinada.
Y no podía parar de mirar sus manos. Esas manos de las cuales habían salido obras tan imponente como la puerta de Aspe, que habían tallado el duro granito y la tosca piedra de Peñaforca, que habían retorcido el hierro hasta sacarle la belleza, belleza que habían conquistado con tantos materiales y técnicas…
Las manos de Tramullas eran fuertes, velludas. Comenzaban en una ancha y poderosa muñeca esculpida por el manejo de la maza y el cincel, y terminaban en unos dedos cortos pero recios, en los que aún se adivinaba la huella de la herramienta, igual que en la palma quedaban las huellas de viejos callos. Sus manos hablaban de fuerza de tesón, de entrega. Era fácil imaginarlas trabajando, materializando lo que aquel cerebro efervescente iba soñando.


Aquellas manos eran como sus ojos. Hablaban de arte, de amor al arte. Y de comunión con todo aquel que también amara el arte. Aquellas manos fueron un torrente de materia transformada. Fueron capaces de buscar el alma de la tosca piedra, piedras duras, piedras blandas, pero piedras, de la madera desde la más humilde hasta la más noble, del frío metal e incluso de la tierra bien cocida. Pero también sorprendía que aquellos gruesos dedos manejaran la delicadeza y la sutilidad de la plumilla con tanta exquisitez.

Las manos de Pedro Tramullas eran unas manos francas, sinceras. Transmitían serenidad y confianza. Eran las manos de un hechicero. Eran pura energía.


domingo, 2 de julio de 2017

yo no quiero ser feminista





Yo no quiero ser feminista. No nací para eso. No quiero reivindicar lo que debería ser normal. No quiero que sea necesario. No quiero cuotas ni días en el calendario. No quiero ser distinta por ser mujer. Ni mejor ni peor. No quiero que nadie me mire como un bicho raro por tener tetas o pintarme los ojos. Quiero ser natural.
Yo no nací para esto.
Yo nací mujer. Pero fui el hermano pequeño de mi hermano. No había quien me pusiera un vestido de nido de abeja rosa —o de cualquier otro color y estampado— ni mucho menos esas odiosas e incómodas bragas de ganchillo que en seguida se estiraban y las llevabas colgando a mitad del muslo. Las camisetas, de algodón, y los vaqueros que no faltaran, que bastante falda llevaba entre semana con el uniforme.
Pobre, mi madre. Aunque ella fue una mujer adelantada a su tiempo en muchos aspectos, aun a pesar de la educación de posguerra, con todo lo que ello implicaba. Pero ella llevó pantalones cuando muy pocas chicas los llevaban, iba en lambretta de un lado a otro, trabajaba y no tuvo mucha prisa por casarse. Y nací en una familia en la que era mi padre el que me llevaba al colegio. Y yo disfrutaba yendo de su mano, viendo al “Demis Roussos” el panadero enorme y barbudo panadero que descargaba su furgoneta en la plaza de San Sebastián. Teníamos nuestros propios ritos, nuestras propias complicidades…
Yo tenía poco que ver con los juegos de niñas, y en recreo, entre mi amiga “Ajo” y yo adoptábamos siempre los roles de chicos. Y no entendía por qué las monjas no eran las que daban la misa si lo hacían prácticamente todo, qué pintaba aquel cura. Par mí era contra natura, mi natura.
Nunca me gustaron las muñecas, como mucho, la Nancy, aunque era una muñeca medio inútil incapaz de coger nada y menos de llevárselo a la boca. Odiaba especialmente los Baby mocosete y similares, sosos y asquerosos. Jugaba con mi hermano —otra vez— con sus geyperman y con mis Big Jim, que eran mucho más versátiles. Mi mejor muñeca —no sé de dónde la sacarían mis padres— era la Havoc, una muñeca espía checoslovaca. A esa no se le ponía nada por delante, era una muñeca de acción, como quería ser yo, y no una moñas para entrenarme a ser mujer objeto y madre.
También me gustaba jugar al fútbol, con mi hermano, cómo no. Y de tanto gol portero años después terminé siendo una de las porteras del equipo subcampeón de España de fútbol sala. Éramos bichos raros.
Hoy hay más equipos de fútbol y fútbol sala femeninos. Algunos mejores que los masculinos. Algunos ganan a los masculinos. Algunas juegan en los masculinos, y ganan. Pero no les dejan. Y no pueden celebrar el triunfo todos juntos. Entonces, saltan a las noticias. Porque todavía hay que reivindicarlo. Y no debería ser así. Debería ser normal. Tú vales, tú juegas. Tú haces. Tú eres.

No, definitivamente no me queda más remedio que ser feminista. Todavía.

sábado, 1 de julio de 2017

de rerum veritatis


Paco Rallo: "Lapins de Pyrenées". Infografía digital. 2016 


"Y es que en el mundo traidor
nada hay verdad ni mentira
todo es según el color
del cristal con el que se mira”


No podría estar más de acuerdo con este fragmento del poema “Las dos linternas” de Ramón de Campoamor. Recuerdo que incluso lo utilicé una vez para presentar un trabajo de carrera. Se trataba de interpretar cómo se había formado una roca a partir de la observación al microscopio de unas láminas delgadas. Y con los mismos exiguos datos, aplicando criterios diferentes se podía llegar a conclusiones bien distintas. Sirva, pues, esta anécdota estudiantil como metáfora de la vida, de los distintos enfoques que tiene la verdad, de los conflictos que pueden acarrear estos enfoques y de cómo se puede llegar a deformar la verdad e incluso el propio concepto.

La verdad, la verdad. Cuánta tinta derramada en pos de la verdad. Cuánta sangre. Cuántos hombres y mujeres a lo largo de la Historia y a lo ancho de este mundo han hablado sobre ella. Incluso yo misma ahora. Algunos, la proclaman, otros la dudan; para otros, no existe. Los hay que se matan entre ellos en nombre de la Verdad, que, siendo única para cada uno de los contendientes, resulta distinta de la del bando contrario. Verdades como los puños que se cierran y golpean para imponerla. Verdades inmutables que terminan quedando obsoletas. Verdades que fueron mentiras repetidas. Verdades que fueron recuerdos no vividos, que fueron sueños tan reales que parecen existidos. Verdades que son capaces de avivar igual que de apagar el fuego del amor. La verdad…

Yo no sé si existe la verdad y, por lo tanto, no quiero proclamar ninguna. Tan solo expresar mi opinión, tan válida o no como la de cualquiera que tenga la mala costumbre de pensar. Y eso me pasa a menudo. Y a menudo pienso que lo que existe es el hecho en sí, como mi lámina delgada del principio, y de ahí, cada uno de nosotros lo interpretará y expondrá su verdad, porque es así como lo considera. En muchos casos, nos vendrá impuesta. Y se nos querrá convencer de cual es la verdad verdadera. Eso se puede llamar educación -Al fin y al cabo, el proceso de educar, en demasiadas ocasiones, no es más que llevar a las mentes inquietas y creativas infantiles por el redil de la verdad social en la que les ha tocado nacer y vivir-. Pero también desinformación, adoctrinamiento y manipulación.

Esto es lamentablemente cada vez más frecuente en este mundo globalizado, donde nos convencen de mentiras que derivan en verdades a fuerza de repetirlas hasta que la masa traga y se las cree. Y luego se inventan términos como el de “posverdad” para disimular el bulo que nos han metido, pero con el que han conseguido dejar de lado el terreno de lo racional para que nos dejemos llevar sólo por el de las emociones. Nos convierten en una suerte de unidad amorfa virtual que ya no piensa, solo cree en lo que le dicen, en un ejercicio la mar de efectivo, puesto que ni siquiera hace falta reunirnos a unos cientos o miles de seres en un recinto para arengarnos. Ahora lo hacen a distancia, llegan a millones de personas y lo hacen de una forma tan sutil, que ni siquiera te das cuenta de que te están lavando el cerebro. Ya nadie se acuerda de Chomsky.

Nos intentan imponer sus verdades, aunque sean verdaderas estupideces: “Las 10 ciudades que debes visitar antes de morir”, “100 mejores películas de la historia”, “50 libros imprescindibles que no deben faltar en tu biblioteca” o “los 40 principales”… Y así te hacen creer no sólo que esa es La Verdad, sino que si no has visitado, visto, leído o escuchado todos esos Greatest Hits eres un fracasado. O peor aún, si no te gustan, o te gustan otros distintos, eres un raro. Y eso, en esta sociedad de producción de-mentes en serie es poco menos que pecado. Disentir, no reconocer el status quo impuesto, pensar, tener criterio, llegar a tu propia verdad, tan diferente, tan revulsiva, tan poco canónica, puede resultarles peligroso. Y en este orwelliano Gran Hermano al que inexorablemente nos dirigimos –si no hemos caído ya de bruces en él- te hace directamente sospechoso de sedición. No pienses, no critiques, no disientas. Cree, mira, asume, afirma LA verdad. Ese es el camino y la vida.

Las verdades ya no se sostienen. En este mundo cambiante, lo que fue verdad ha perdido su valor, ha perdido su Propiedad que tiene una cosa de mantenerse siempre la misma sin mutación alguna. Matices, interpretaciones, mutaciones, fenómenos, investigación, avances científicos, tecnológicos, sociales, culturales van matando las antiguas verdades, aquellas que parecieron tan consolidadas durante siglos, y que hoy se tambalean, evolucionan hacia nuevos conceptos, nuevas evidencias, nuevos postulados. Quizás demasiado rápido para algunas mentes que se aferran a sus dogmas con una fe excesivamente ciega. “Si siempre ha sido así” dicen. No, no siempre. Siempre ha habido algún revolucionario que ha inventado la rueda, el fuego o internet. Y ha cambiado la Historia y los parámetros de la verdad.

Entre nosotros, la verdad no existe. Existe el hecho. Y existen las palabras. Porque las palabras son las que describen el hecho. Pero son muchas las palabras y muchas las interpretaciones. Somos voyeurs de la vida, con nuestras propias pajas mentales. Cada uno contamos el hecho como lo vemos. Contamos nuestra verdad. Y el mismo hecho da lugar a verdades distintas. Y deja de existir aquél para convertirse en éstas. Normalmente además porque el hecho se da en un momento concreto del tiempo y del espacio. Y ya no está, se difumina, no podemos volver a él, sólo queda lo que contamos de él. Y surgen encarnizadas discusiones entre tertulianos, entre la madre y la hija, entre los amigos o entre la pareja. Cada uno de ellos ven el mismo hecho desde perspectivas vitales distintas, e intentar convencerse mutuamente de sus puntos de vista de manera tan apasionada como ineficaz. Y posiblemente ambos tengan razón y los dos se equivoquen. Tu verdad contra mi verdad. Tus palabras contra las mías.

La palabra es enemiga de la verdad. La puede envolver en un pérfido papel de regalo lleno de celofanes tóxicos. Papel tras papel, cajita tras cajita, vamos perdiendo la noción del hecho para recrearnos en el placer de nuestras palabras, porque nada nos gusta más que escucharnos a nosotros mismos. Nos perdemos en nuestros propios argumentos, enquistándonos en nuestra versión de los hechos, en nuestra verdad. Nos quedamos con nuestra percepción de la verdad, con nuestra Conformidad de las cosas con el concepto que de ellas forma la mente, aquella que atañe a la conformidad de lo que se dice con lo que se siente o se piensa. Perdemos la capacidad de escuchar, que es un paso previo muy importante a la de razonar y la verdad se deforma en un laberinto de espejos cóncavos y convexos. Incluso la propia palabra verdad ha perdido su sentido.

La palabra puede matar a la verdad. Es necesario cuidarla, reflexionar, escuchar, aprender. Defender nuestra verdad con asertividad, pero sin agresividad, porque ese es el camino de su deformación y del desencuentro. El hecho ya no está. Sólo queda lo que tú yo digamos de él. Que sea verdad.

La palabra es, sin embargo, lo único que nos queda de la verdad. ¿Qué sabríamos de nada sin una palabra que nos lo hubiera descrito? Las palabras nos permiten expresar nuestras ideas, representar nuestros conceptos. Transmitir la realidad.

La verdad tiene sus cosas. Qué cosa es la verdad.

Cristina Marín Chaves


Artículo publicado en la revista de opinión "Crisis"#11 Junio de 2017

domingo, 2 de abril de 2017

buceando entre micromachismos




El otro día paré en una gasolinera a la salida de Teruel. Desde que me bajé del coche hasta que me volví a subir en él uno de los empleados que me atendió me debió de decir una media docena de veces “guapa”, “preciosa”, “princesa” y otras “lindezas”. Juro que no lo conocía de nada. Cuando arranqué me sentí bastante molesta no sólo por no haberle dicho nada, educación —y prisas— obligan, sino porque además estoy segura de que al camionero bigotón que paró en el boquerel de al lado no le debió de destinar ni un solo piropo similar (o tal vez le dijera, “campeón”, “machote” o así, pero dudo que lo hiciera si no lo conocía, como era mi caso).
En realidad, casi me debería considerar “afortunada” porque no se refirió a mí como “zorra”, “chochito” o “puta”, que también hubiera podido ser…
Lamentablemente, este último es un modo frecuente de hablar entre los y las adolescentes, y nos es raro oírlo o leerlo en sus conversaciones, sean de viva voz o virtuales. A mí se me cae el alma a los pies. ¿En qué momento hemos fallado los padres y madres —sobre todo— que hemos procurado dar una educación igualitaria a nuestros hijos e hijas? “La educación y la actitud en la vida dependen de una insistencia día a día, y mucha paciencia como padres. Quitar estereotipos sociales cuesta lo suyo”, decía una amiga comentando unos de mis artículos. “Es una carrera de fondo”, apuntaba otra amiga en la misma conversación.
Entonces, tal vez sea que, por mucho que nos esforcemos, no podemos tenerlos en una burbuja, que desde pequeños se están relacionando con los hijos de los padres que llaman “nenazas” a los que no tienen un comportamiento netamente masculino… como es el caso de los que la emprender a golpes en un partido de fútbol infantil. Olé el ejemplo. Los chavales, chicos y chicas tienen que salir del cascarón, rebelarse para autoafirmarse, “matar” a la madre, en el caso de las chicas. Y entran en la dinámica dominante en el grupo, aunque ésta sea claramente machista, aunque ellas se proclamen feministas. Otra amiga mía, profesora de instituto, apuntaba que como educadora veía muchos chavales que ya venían con unos prejuicios y comportamientos que distan mucho de la igualdad y el respeto a la mujer. Y es que detrás de muchos fenómenos de bullying a las chicas laten fuertes estos comportamientos sexistas. Poco va a poder avanzar la sociedad si estas generaciones no cambian hacia espacios de igualdad. Sin embargo, la tendencia parece ser la contraria y muchas de las hijas de las que proclamábamos la igualdad ven cómo sus jóvenes parejas las controlan física o virtualmente. El móvil, esa arma de celo masivo…
Pero es que el micromachismo nos lo inoculan desde nuestra más tierna infancia, sutil e inocentemente (o no…) y así pasamos sin solución de continuidad de que al pasar la barca nos diga el barquero que las niñas bonitas no pagaban dinero (a lo que en la misma canción la niña respondía que no, que pagaba renunciando a su belleza, que es, en última instancia, por lo que se “valora” a las mujeres) a entrar gratis en las discotecas y, si van sin bragas, te dan cien euros. Entre estos dos extremos nos encontramos tantos ejemplos que muchas veces te llaman exagerada si un comportamiento socialmente aceptado lo tachamos de micromachismo. Los tenemos en casa, en las calles en los bares, en el trabajo, en las canciones…
Qué decir de los medios de comunicación, en los que también hemos experimentado un retroceso, y no solo siguen proliferando los anuncios claramente machistas —aunque sea para vendernos una leche infantil que contribuirá a que los niños logren un futuro como matemáticos y las niñas como bailarinas— sino también en los programas generalistas o incluso los informativos. Tenemos los presentadores más feos (y en algunos casos, más babosos, como el del hormiguero) acompañados de las presentadoras más guapas y mucho más jóvenes. Y nótese este matiz: son ellas las que acompañan a ellos, no al revés. Zasca, otro micromachismo. También abundan en los contenidos: las políticas destacan por el colorido de sus chaquetas, y cuando se reúnen, no importa lo que tratan sino lo bien torneadas que están sus piernas.

Debe de ser que no queda suficientemente claro que al nacer no sale de la placenta ningún manual de comportamiento y obligaciones por ser mujer, como dijo mi buena amiga Cristina García, con lo que desde ese mismo momento somos todos iguales. Sin embargo, los micromachismos, representados en la parte baja del iceberg de la violencia de género, nos envuelven, y en lugar de nadar libremente, buceamos entre ellos intentando zafarnos de sus dentelladas de admisión social, tradición y excusas. 



http://www.elpollourbano.es/nosotras/2017/03/buceando-entre-micromachismos/