jueves, 9 de marzo de 2017

me gusta ser mujer v2.0






Coleando aún los efectos de la manifestación de ayer en conmemoración al día de la mujer (lo de trabajadora se sobreentiende), comienzo a compartir por aquí los artículos que he ido publicando en los últimos meses en "El Pollo Urbano" en la sección "Nosotras" a la que me invito a colaborar Crsitina Beltrán, gran mujer, y a quien le estoy muy agradecida por todo lo que representa como mujer y como luchadora vital.

El primer artículo fue una reescritura de una entrada antigua de este blog, pero que quise darle una vuelta de tuerca más. Espero que os guste:

http://www.elpollourbano.es/nosotras/2016/11/me-gusta-ser-mujer-cristina-marin-chaves/

martes, 9 de agosto de 2016

viaje al centro de la piedra








La piedra, las piedras. Tan denostadas a veces, siempre tan necesarias. Pasamos del “Menos da una piedra” a la “Piedra filosofal” a través de un abanico de posibilidades en las que la piedra tan pronto es villana como el pilar de la existencia. Nos puede hablar de constancia, “La gota abre la piedra, no por su fuerza sino por su constancia”, como dijo Ovidio, o una enseñanza de Confucio “El hombre que mueve montañas empieza apartando piedrecitas”. Podemos tirarla y esconder la mano, y entonces ser de lo más infame, o tropezar dos veces con ella en una suerte de obcecada insistencia en el camino de la vida. Pero, ¿qué nos cuenta una piedra? ¿Qué se esconde ahí adentro? ¿Qué encontramos cuando viajamos al centro de la piedra? 

Una piedra nos puede contar historias de equilibrios y desequilibrios. Casi como una historia de amor. De cómo unos minerales se encuentran en un magma pasional y se sumergen en un tórrido romance de una armonía química perfecta. De cómo crecen juntos y se acoplan a pesar de las presiones externas, que las hay y muchas. Pero va pasando el tiempo, mucho tiempo, las condiciones, cambian, cambia el entorno, los minerales cambian. O no. Y lo que era un equilibrio perfecto deviene en transformación e inestabilidad. Y mientras ese cuarzo permanece invariable, inamovible, inmutable, apenas unas cicatrices superficiales, cosas de la edad, la nívea ortosa va alterándose paulatina, irremediablemente, hasta no quedar nada del feldespato que un día fue… y se va. Y ya nada es igual. El duro granito transformado en fina arena. Todo eso se puede ver cuando se mira el centro de una piedra. 

Pero las piedras cuentan algo más que una historia de amor mineral. El centro de las piedras cuenta un origen, un proceso, una vida. Una vida larga, muy larga, una longevidad de millones de años, inabarcable para nuestra minúscula existencia. Es un ser vivo. El ser humano apenas es una chispa en el planeta, un destello de egocentrismo que no es capaz de sentir el latir de las piedras, su pulso de cadencia lenta y silenciosa. Pero igual que surge, se apaga esa fugaz centella que es nuestro propio paso por el mundo. Y la piedra seguirá allí, paciente, observando el titilar humano. Ella irá acumulando experiencia, y en cada capa, en cada estrato que aflora en los taludes y barrancos o en las escarpadas cimas, nos hablará de corrientes, vientos y tormentas, de glaciaciones y climas tropicales, de seres fabulosos junto a otros microscópicos, de lánguidas y amplias playas llenas de vida que luego se retiran y dan lugar a desiertos, o selvas, que más tarde se hunden, entierran, pliegan y retuercen, y forman montañas; de viajes alrededor del planeta de una enorme balsa como la de la novela de Saramago… 

Sólo cuando eres capaz de observar el centro de una piedra puedes abrirte a su misterio. Y te das cuenta de tu propia insignificancia, que ahí, en ese centro reside también todo lo que ha hecho que tú seas tú. Nos habla del estallido del centro del Universo, de esa aglomeración gravitacional de polvo cósmico en la que un buen día un aminoácido se juntó con otro hasta dar las primeras formas de vida, las primeras células, las primeras plantas y animales, que luego evolucionaron y salieron del mar, aprendieron a vivir del aire y anduvieron por tierra firme, hasta hoy. Hasta ti. Nos habla del planeta que ha llegado hasta nosotros y sobre todo, y más importante, que deber seguir aquí, a pesar de nosotros. Y es nuestra responsabilidad que así sea, como nos enseñó el jefe Seattle “La tierra no pertenece al hombre; es el hombre el que pertenece a la tierra. […] Lo que ocurra con la tierra recaerá sobre los hijos de la tierra”. Nos dice que no somos más que pequeños aguijones sobre la piel del Globo dotados de una extraordinaria capacidad de destrucción. 

Pero cuando veo el centro de la piedra veo, sobre todo, belleza. Veo texturas, formas y colores que ni el más exquisito expresionista abstracto podría llegar a imaginar. Miro una lámina delgada de roca a través del ocular de mi microscopio y me sumerjo en un caleidoscopio de geometrías diversas, en un vórtice mineral de luces cambiantes que giran en torno al centro de la cruz del retículo. Y juego con esa hermosura. Y diminutos monstruos venidos de mundos distintos me saludan desde otra época saltando hacia mí a través de esas mínimas treinta micras de piedra. 

El centro de la piedra es una verbena de simetrías que bailan alrededor de un eje, ese viejo “kentron” de los geómetras griegos, que lo único que hacían era reproducir la serena disciplina del cristal. Puntos y planos que se repiten indefinidamente, desde la simplicidad monoclínica hasta el barroquismo hexagonal. Siete sistemas cristalinos que concentran la sabiduría del Universo entero. Doscientas treinta maneras de agruparse en el espacio Doscientas treinta maneras de perfección. Traslación y rotación, lo mismo que el planeta entero. De nuevo la piedra es el centro de la Naturaleza. Y la misma disposición que vemos en un cristal lo descubrimos en los pétalos de una flor o en la distribución de las hojas de su tallo. Nada es al azar. Somos fractales de una simetría primigenia. Todo se ordena de acuerdo a ese centro. 

Hay mucho, mucho más de lo que pensamos en el centro de la piedra. Incluso el arte late ahí adentro, como dijo Miguel Ángel “Cada bloque de piedra tiene una estatua en su interior y es la tarea del escultor descubrirla”. Nos ha dado los primeros pigmentos y la materia prima para los edificios más colosales. Y las joyas de todas las culturas se han ornamentado con las más preciosas. Viajar al centro de la piedra es un viaje de amor, belleza, historia y ciencia. Es un ejercicio de humildad. Es viajar al centro de la vida.




Publicado en la revista "Crisis", 
Revista de crítica cultural nº 9, pp 28-29


domingo, 5 de junio de 2016

un domingo a la una hace cinco años





Un domingo a la una hace cinco años se paró el tiempo. Se pararon el tiempo y nuestras vidas. La suya, definitivamente. La mía durante tres años, en que mi corazón anduvo agarrotado. Se congeló su risa y su sonrisa, que fueron sus últimos gestos. La mía se mudó en una mueca de perplejidad seguida del llanto. Igual que la de José Luis, Inma, Manolo y Mila, más familia que nunca. O la de Katy, la dulce Katy, siempre ahí, siempre añorando. O la de tantos amigos y compañeros del arte de la palabra que se quedaron mudos en su despedida. 

Han pasado cinco años desde que aquel domingo mi reloj marcara las 13:02, aún no puedo pasar sin dolor por el sitio donde oí su voz por última vez. Cinco años intensos, en los que tres los dediqué fundamentalmente a llorar, a acompañar a mi padre en sus últimos meses, a llorarle a él también, a cuidar a mis hijos y a sobrevivir. Un largo duelo. 

Sentía el corazón seco, incapaz de enamorarme, de vivir algo como lo que había vivido; me lo dijo alguien muy querido en los momentos de mayor dolor, que pese a todo yo le daba envidia porque él estaba seguro de que en su vida no había vivido ni viviría un amor tan intenso como el que tuve yo. Y me reconfortó. Y, pese a todo, me sentí afortunada. Ya había cubierto mi cupo de amor. 

Pero, ya lo cantaban Serrat y Noa, es caprichoso el azar, y a los tres años decidí levantar la cabeza y mirar a mi alrededor. La vida, la mía seguía y yo tenía que seguir en ella. Y la levanté y me encontré con una mirada clara, conocida, transparente y buena. Y después de un “¿por qué no?” vino un verano de caricias y necesidades mutuas. Y al verano le siguió un otoño y así se ha ido sucediendo las estaciones durante casi dos años. A nuestros corazones se les cayó la escarcha y fueron capaces de volver a latir. Hoy vivo feliz junto a un hombre bueno, que me llena, un buen compañero, que me hace sentirme doblemente afortunada recordando aquellas palabras sobre el amor y la vida. Amo y soy amada con libertad, complicidad y comprensión. Solo te puedo dar las gracias por existir. 

Creo que esto es una declaración de amor. O dos.


miércoles, 11 de mayo de 2016

tras la huella de Sade






En el verano de 2014 Paco Rallo me invitó a participar en el libro que estaba preparando “Tras la huella de Sade”, obra coral compuesta por ensayos, relatos, poemas e ilustraciones de inspiración sadiana, además de frases del marqués. Aunque sea autora de uno de los relatos, hasta ahora yo solo era escritora profesional de “literatura gris” tal y como la define Manuel Sánchez Oms en su extenso y excelente ensayo incluido en el libro (y que os invito a que descubráis a través de él su significado) y escritora ocasional de relatos, artículos y post de lo que me venga en gana en este blog. Sin embargo nunca había escrito un relato sadiano, es más, tal y como comentó Elifio Feliz en la presentación en Teruel, ni siquiera Sade figuraba entre mis autores favoritos (que dicho sea de paso, tampoco sé quiénes son…). De manera que la propuesta de Paco, supuso todo un reto para mí, y, por supuesto, entré al trapo.

Lo primero que tuve que vencer fue el pudor, pero ya el propio Sade me lo puso fácil: «El pudor es una quimera, único resultado de las costumbres y de la educación. Es, lo que se dice, un hábito». Pues fuera hábitos, de todo tipo. Me puse a escribir sin pudor y sin haber trabajado previamente la figura y la obra de Sade. Mi intención era escribir lo que me inspirara a mí el hecho de un relato sadiano, no lo que me inspirara Sade. Escribí libremente, sin prejuicios, y esas dos palabras, definirían mis sensaciones durante el proceso de escritura. Como también decía Sade «Así, la conciencia es pura y simplemente obra de los prejuicios que se nos han infundido, o de los principios que nosotros nos formamos» Los prejuicios que nos infunden y que nos amordazan nos impiden muchas veces desarrollarnos como personas libres. Y esa es la paradoja del propio marqués desde mi punto de vista, a pesar de sus 27 años de reclusiones, fue un hombre libre porque así lo era su pensamiento, durante aquel cambio de siglo y de paradigmas en un país como Francia. ¿Dónde reside la verdadera libertad? ¿Es sólo algo físico o es inherente a la manera de pensar? «Mi desgracia no es consecuencia de mi manera de pensar, sino de la de los demás», nos dejaba escrito el marqués. La libertad reside en la fortaleza –otra paradoja- al menos de espíritu. En este sentido, admiro a Sade como pensador y filósofo, si consideramos su provocadora obra como fruto del momento que le tocó vivir, estoy convencida, no olvidemos que el XVIII fue un siglo de promiscuidad y tolerancia de hecho, pero también de gran hipocresía social derivada de los preceptos de la Santa Madre Iglesia. Así Sade, desde la libertad de su encierro, se rebelaba contra estos convencionalismos desde un profundo ateísmo, «La idea de Dios es el único error por el cual no puedo perdonar a la humanidad», «Ninguna religión vale una sola gota de sangre», «Digámoslo con la verdad: entre todas las religiones existentes, no hay una sola que predomine legítimamente, que no esté llena de fábulas, mentiras, perversidades, y que no ofrezca los más inminentes peligros al lado de las más evidentes contradicciones», eran algunos de sus pensamientos al respecto. También cargaba contra la sociedad: «La ley solo existe para los pobres; los ricos y los poderosos la desobedecen cuando quieren, y lo hacen sin recibir castigo porque no hay juez en el mundo que no pueda comprarse con dinero», «¿Creéis que hay gran diferencia entre un banquero de una mesa de juego robándoos en el Palais-Royal, o Matasiete pidiéndoos la bolsa en el bosque de Bolonia? Es lo mismo, señora; y la única distancia real que puede establecerse entre uno y otro, es que el banquero os roba como cobarde, y el otro como hombre valiente». Tanto unas como otras frases, si lo pensamos bien siguen siendo de rabiosa actualidad, seguimos viendo, demasiado cerca de nosotros cómo se mata por la idea de un dios, se llame como se llame, cómo la justicia no es igual para todos, por mucho que personajes de alta cuna nos intenten convencer de lo contrario, y cómo los ladrones visten carísimos trajes y se llevan los millones de los pobres hombres que por intentar robar una gallina o una bici los condenan a cárcel. Frente a esto Sade se revela como un apasionado pensador que criticaba también ignorancia de sus semejantes: «No hay más infierno para el hombre que la estupidez y la maldad de sus semejantes», «¿Qué es la existencia sin filosofía? ¿Vale la pena vivir cuando se vive aplastado bajo el yugo de la mentira y de la estupidez?». «...Por la pérdida de mis manuscritos he llorado lágrimas teñidas de sangre». Pero volvamos a esa libertad de pensamiento de la que hablábamos antes, que es lo que yo más destacaría del marqués, la cual, 275 años después de su nacimiento, nos sigue pareciendo –o nos vuelve a parecer- casi tan transgresora como en su momento, tal vez porque la sociedad sigue siendo pacata.

Esa misma libertad es la que me guió en la escritura de mi relato, “Sangre fría”. Escribí sin tabúes sobre una mujer sexualmente libre, dejando claro que no somos objeto, sino sujeto sexual. Durante siglos se nos ha prohibido a las mujeres la libertad sexual y han sido, estoy segura, generaciones de ellas que se han muerto sin haber experimentado un solo orgasmo en su vida. Cuando la mujer ha entrado en el ámbito sexual ha sido cosificada, se ha negado su papel más allá de un objeto de deseo o de placer para el macho, que ha sido tradicionalmente el polo hacia el que se ha dirigido el hecho sexual.

Mi protagonista es una mujer muy activa que goza del sexo y que vive una relación muy pasional, pero que no es indispensable para ella. Se sabe deseada y no lo oculta, al contrario. Sin embargo, poco más os puedo contar de mi relato, está escrito para descubrirlo poco a poco, para ir dejándose llevar, desde la primera línea.

La gente que lo ha leído se ha sorprendido de su evolución, del giro que va tomando la historia. También me han dicho que rezumaba testosterona, que parecía un relato escrito por un hombre. Ha habido incluso quién me ha pedido una segunda parte, que nunca me he planteado, la verdad, porque el final queda abierto. Sinceramente, me gusta que la continuación del relato quede en la mente de cada uno de los lectores, y no me importaría, incluso, que si alguien se decidiera, me mandara su continuación, puede ser un juego interesante…

+ info y pedidos: info.pr.ediciones@gmail.com

lunes, 4 de abril de 2016

poesía natural hecha pintura




Etimológicamente, de color variable o de varios colores, Versicolor es más, es verso y color, poesía natural hecha pintura.

En un viaje por los paisajes cretácicos de Teruel, Paco Rallo descubre esta palabra al escucharla en la descripción geológica de un afloramiento de arenas de tonos blancos, amarillos, púrpuras, verdes, azules y grisáceos, en una sinfonía de colores mineral. Queda fascinado tanto por la belleza de la arena, como del nombre, al cual considera gráficamente pictórico. Más adelante, cuando tiene la oportunidad de observar una lámina delgada de roca al microscopio, comprueba cómo, a escala micro, se repite esa armonía cromática. Es parte de la relación biunívoca que establecemos entre geología y pintura, en la que ambos nos retroalimentamos.

Paco Rallo celebra sus 45 años dedicado al arte en la galería Finestra Estudio de Zaragoza, en plena madurez artística. Si hace dos años nos traía en su exposición Primum ver la primavera, en Versicolor muestra su apogeo ante nuestros ojos y nos embriaga y hechiza a partes iguales. Artista de amplia paleta cromática, su actual pintura no sigue la línea dibujada, sólo el trazo marcado con su destreza sobre soportes con bases preparadas, con rasgos largos, sin representación. La composición está marcada por ritmos creados por el movimiento de la mano del artista, en una suerte de horror vacui.

Cada una de las obras que aquí contemplamos son capítulos del Libro del Arte de la Vida, o de una vida consagrada al arte. Un libro no para leer, ni siquiera ver. Sólo mirar. Mirar y admirar. Sumergirnos fascinados en cada cuadro, en cada pincelada, casi hipnotizados como quien mira un fuego crepitante. Tantas formas que se dibujan, fijan y desvanecen ante nuestros ojos para a continuación regalarnos la siguiente, así es Versicolor. Una ventana a la sugestión, al placer estético. Pura contemplación. Pura poesía.

Paco Rallo en plena creación de Versicolor




lunes, 21 de marzo de 2016

mira tu mirada



Mujer ante el espejo - Picasso, 1931
Mira tu mirada que te habla,
qué te cuenta.
Mírate en tus ojos que te llaman,
escucha sus pupilas,
que son tu vida.
Sumérgete en ti, descúbrete.
Busca, no temas encontrar.
Hay lucha, miedo, determinación, desasosiego,
hay orgullo, preocupación, serenidad, inteligencia,
hay amor, sacrificio, alegría, esperanza.
Hay fuerza.
Hay una vida.
Hay una mujer.
Estás tú.

ERES TÚ.

Para el "Proyecto Libélula" en el Día Internacional de la Poesía 


viernes, 29 de enero de 2016

De pétalos, partituras y cartas



Telegrama mío leído en la presentación del audiovisual de Pilar Catalán "Las trece rosas. Es tiempo de memoria" el 28 de enero de 2015 en el Centro de Historias de Zaragoza

Tu historia ya la conozco, Blanca. Tu historia es la de mi familia, tus partituras, los artículos de mi abuelo, tu hijo es mi padre, tu carta, su cromo; la misma injusticia, la misma sinrazón. El mismo desenlace: Una persona joven fusilada, un huérfano y una carta que llega demasiado tarde. Una vida truncada y otra refractada. Enormes cambios en pequeñas historias por una Historia alterada derramando sangre. Derramando pétalos.

Dedicado a Blanca Brisac Vázquez, una de las trece rosas, y a mi abuelo Manuel Marín Sancho, que la noche antes de fusilarlo le mandó un cromo de una chocolatina a mi padre, que le llegó 40 años después