lunes, 5 de diciembre de 2011

miércoles, 30 de noviembre de 2011

una noche como hoy


hace setenta y cinco años:

“el Jefe Superior de Policía de Zaragoza mandó una carta a la cárcel de Torrero para que soltasen al meteorólogo Odón San Emeterio y a Manuel Marín Sancho. La carta estaba firmada el 30 de noviembre, pero no llegó a su destino. Esa misma noche ambos, con otros muchos, fueron ejecutados.”

Éste es un fragmento de un artículo que escribió Antón Castro para el Heraldo de Aragón en 2008 después de una entrevista que les hizo a mi padre y a mi tía. El artículo completo lo podéis encontrar en http://antoncastro.blogia.com/2008/041203-memoria-de-manuel-marin-sancho.php

A mi abuelo lo mataron una noche como hoy, en 1936, con treinta y siete años. Recuerdo que cuando yo cumplí esa edad, me daba casi vergüenza si comparaba mi vida con la de mi abuelo: Yo no había hecho nada. Mi abuelo a esa edad en que no se evitó su muerte había sido: “Escritor y periodista. Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Zaragoza (1923). Doctor en Lengua y Literatura Española. Desde 1925, profesor ayudante de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza y archivero segundo del Ayuntamiento. Académico de Bellas Artes de Zaragoza (1928). Miembro de la junta de gobierno de la Real Sociedad Aragonesa de Amigos del País. Primer presidente del Centro Naturista Helios. Medalla del Centenario de Goya (premio de la Academia de Bellas Artes de Zaragoza). Director-fundador de la revista Aragón del SIPA. Fundador y presidente de la Agrupación de Autores Aragoneses (1933). Creador de la agencia “Ebro Prensa”. Autor de obras dramáticas estrenadas en el Teatro Principal de Zaragoza. Director de la revista “Amanecer” y redactor y colaborador (críticas de literatura y arte) en diarios y revistas de Zaragoza y Madrid. Miembro de la misión universitaria de Zaragoza a la Universidad de Bonn (1929), ostentando también representación del Ayuntamiento de Zaragoza. Ponente en comisiones de estudios sobre varios temas como el Canfranc, San Juan de los Panetes, etc.”. [F.M.P.H.]. GRAN ENCICLOPEDIA ARAGONESA, apéndice I, p. 268. UNALI Zaragoza 1983

También lo describe como “hombre polifacético y alegre, que con el mismo entusiasmo cumplía su trabajo en el Ayuntamiento, daba sus clases en la Universidad o realizaba su labor periodística” y termina señalando lo que ya sabemos: “fue fusilado en diciembre de 1936 por su pertenencia a la masonería”. Sí ése fue su pecado, ser masón. No quiso meterse en política a pesar de habérselo propuesto personajes tan ilustres como Diego Martínez Barrio. Y él lo rechazó. Sólo fue una buena y activa persona. Ah, y masón, que no se nos olvide, lo cual a los ojos de aquellos que determinaron ser semidioses que juzgaban y jugaban con la vida de los demás le confería una suerte de color rojizo, cuernecillos, barba picuda y rabo lanceolado.

Lo mataron y luego, a misa a confesar. Pero la hipocresía no quedó allí. En el archivo de Salamanca se puede consultar el expediente sobre su muerte en el que se puede leer: "Falleció y fue autopsiado en el día de hoy, a consecuencia de fractura de cráneo y hemorragia interna, según resulta de certificación facultativa y reconocimiento practicado". Sí, las balas fracturan el cráneo, es obvio.

A mi abuelo, por lo menos sé adónde ir a recordarlo y ponerle unas flores; no terminó en una fosa común de contenido y ubicación incierta. Pero pertenece a esa nómina de vidas brillantes cercenadas por el odio y el sectarismo. Para que siga vivo, sólo me queda conmemorarlo en estas líneas.

Porque nadie desaparece del todo mientras haya alguien que le recuerde, mientras haya alguien que le quiera.

domingo, 20 de noviembre de 2011

respeto al futuro

http://www.heraldo.es/noticias/suplementos/elecciones_n/un_hombre_anos_muere_una_parada_cardiorrespiratoria_tras_votar_madrid_165811_1031024.html


En todas las jornadas electorales asistimos al capítulo “anecdotario”. Es lo de siempre. Sin embargo, la noticia de arriba es mucho más que una anécdota, y si no, que s helo cuenten a su familia. Es mucho más. Como poco, es una lección. Una lección de responsabilidad e ilusión. Este hombre, con su voto, quería cambiar el futuro, que él a su edad, sabía muy corto, aunque no se podía imaginar tanto. Nunca sabremos a quién votó, ni tampoco sabremos mucho de su vida, pero, dejadme que me aventure a imaginar qué pudo pasar por la cabeza de este hombre que con su mochila vital llena se acercó hasta su colegio electoral con la ilusión de que su voto sirviera para cambiar, tal vez mejorar el futuro. Un hombre que pudo ejercer su derecho al voto en su primera juventud y que después tuvo que esperar cuarenta largos años a volver a ejercerlo.

Su voto es su legado, y hemos de aprender de él y no conformarnos con lo que elijan los demás sino opinar nosotros también. Su voto es la herencia que nos deja a la sociedad, pero que ha de ser administrada por los políticos que nos representan.

Y esa es su mayor responsabilidad. No somos números, somos personas, y como tales nos han de considerar a la hora de gobernar. No somos peones de un gran tablero de ajedrez, seguimos siendo personas, con nuestras vidas y nuestras historias, igual que ellos y sus familias.

Han dado muchas manos estos días. En cada una de ellas había un calor distinto. Que no olviden que gobiernan para hombres y mujeres, aunque algunas de ellos ya no existan.

La vida es muy corta, aunque se escape a los 96 años, si no puedes vivir tus ilusiones.

jueves, 20 de octubre de 2011

por fin

Mis hijos solían jugar en el memorial del parque de la Esperanza, el que se levantó en recuerdo de las víctimas, sobre todo los niños, del atentado contra la casa-cuartel de la avenida Cataluña del 11 de diciembre de 1987. Recuerdo que era viernes. Acabábamos de volver de una excursión de la carrera y estábamos en el bar de matemáticas escuchando atónitos la noticia. No podía ser aquí no. Aún teníamos reciente el atentado contra el autobús militar de enero en San Juan de los Panetes -que de aquello la iglesia no ha levantado cabeza, ni torre- y Zaragoza volvía a ser triste protagonista de un atentado de E.T.A. Y no sería la última vez, pero aún no lo sabíamos. Tuvimos miedo, comprendimos el miedo. Pero no entendimos nada más. Después, recuerdo que lloré cuando asesinaron a Miguel Ángel Blanco, que me quedé estupefacta con el disparo a Tomás y Valiente. Después, recuerdo que en el verano de 2000 no paraba de ir a la plaza del Ayuntamiento de Alcorisa con mi hijo en su sillita a demasiados minutos de silencio por demasiadas vidas silenciadas en tan poco tiempo. Después, recuerdo escuchar por la radio, el 3 de diciembre de 2008 el atentado de Ignacio Uría mientras yo iba por la autopista vascoaragonesa camino de Santander. Otra vez la incertidumbre, No sabía qué me encontraría en el camino.

Y tantos otros, tantas otras historias truncadas. Hasta hoy que, por fin, parece que vemos el final de la serpiente. Hoy tenemos los ojos abiertos con desmesura. Por la mañana contemplábamos el posible fin de una guerra y por la tarde el de otra. A veces los días sí que se merecen el calificativo de histórico, que tan barato se vende en los medios de comunicación. Hoy creo que sí, que es uno de esos. Uno de esos días de los que se hablará. De los que estudiarán mis hijos en sus libros de historia y de los que la generación de mi padre aún han podido vivir. Un día de emociones. Porque así era cómo escuchaba yo la radio –gracias Ángels- con emoción, casi incredulidad, de vivir lo que estaba viviendo. Un día de transistores, otro, y pantallas.

Un día que a él le hubiera gustado dar la noticia, como decían hoy todos los periodistas, que la habría comentado en su columna y que por eso he decidido esta etiqueta, puesto que compartimos tantas “aspis”.

No puedo, ni creo que alcance a saber el porqué de la decisión de E.T.A., si por el acoso policial, el debilitamiento, el cansancio de los suyos y de la sociedad vasca o porque ahora que de nuevo la izquierda abertzale está en las instituciones –desde mi punto de vista no consideraba coherente dejar sin voz a tantos miles de personas- ven que hay otra vía, que la democracia, las palabras, son el camino y no la violencia y la intransigencia. Sólo sé que hemos ganado todos, sobre todo el País Vasco, pero, también todos.

Sólo sé que la única manera que he encontrado para decirles a mis hijos la importancia de este día es que hoy había un poco más de paz q ayer.



sábado, 1 de octubre de 2011

whisky, kleenex & chips

en una tarde de uno de octubre. Pero esto no es Burgos. Y hoy estoy sola.

sábado, 17 de septiembre de 2011

la vida es muy corta


Éste es el título de uno de los muchos poemas que me escribió Vicente. Es el que elegí para leer el sábado pasado en la fiesta que organizamos en Alcañiz en su memoria. Era nuestra despedida, ya que no se nos permitió otra más al uso en su momento. Ahora, tres meses y medio después, casi lo agradezco. Y creo que él también, porque así es como pienso que le hubiera gustado despedirse, en su tierra amada, con los amigos, con sus hermanos y con la gente que verdaderamente le quería. En este último aspecto, y dado que lo organizamos un pelín deprisa no pudo venir toda la gente con la que nos hubiera gustado compartir este momento. Algunos ya nos dijeron que estarían con nosotros aunque fuera en la distancia. Eso también se agradece.

Tenía preparado leer ese poema y otro más de Ángel González que ya le había enviado alguna vez, y también unas pocas palabras. Pero no lo hice al final. Fue bonita la velada pero me fallaron las fuerzas. La gente comía bebía, hablaba y reía, y también escuchaba el jazz del grupo de José Luis, que a pesar del vídeo –grabado por mi hijo- y de las propias palabras de los músicos –serán los primeros que estuvieran contentos con su actuación- sonaban muy bien; pero a mí me faltaba algo, seguramente él. Una semana después, por fin lo puedo compartir con todo aquel que se asome a éste mi rincón del corazón:

Vicente era un mago de las palabras. Sabía manejarlas a su antojo. De la misma manera que un buen bailarín conduce a su pareja por toda la pista manejándola con un solo dedo y bailando el más maravilloso de los valses, así él sabía encontrar la palabra justa que se entrelazara con la siguiente, cada una con su significado, todas con el suyo. Nada al azar. Y si no existía la palabra perfecta, daba igual, la inventaba. Vicente era más que un gran juntador de palabras. Era un poeta.

Vicente y yo intercambiamos muchas palabras. Palabras llenas de amor, de mar, de primavera. De tierra, de verde. De horizontes violetas. Palabras llenas de esperanza, pero también de miedo. De alegría las más, pero también otras cargadas de incertidumbre. E incluso, a veces, de tristeza. Como la vida. Siempre palabras de vida.

De todos los versos que me envió en estos casi tres años, hoy quiero compartir con vosotros éste:

La vida es muy corta
como para no amar
La vida es muy corta
como para hacer daño
La vida es muy corta
como para hacerse daño
La vida es muy corta
como para odiar
La vida es muy corta
como para no acariciar
La vida es muy corta
como para no sentirse vivo
Sí, te quiero
y tampoco me cansaré
de repetirlo
Por fortuna es muy ancho el amor
escucha su oleaje
escucha su oleaje
escucha su oleaje


Sin embargo, el que hoy mejor refleja mis sentimientos no es él, sino Ángel González. Y es que Vicente y yo hablábamos de vida. La muerte no entraba en nuestros planes:

YA NADA ES AHORA

Largo es el arte; la vida en cambio corta
como un cuchillo
Pero nada ya ahora
-ni siquiera la muerte, por su parte
inmensa-

podrá evitarlo:
exento, libre,

como la niebla que al romper el día
los hondos valles del invierno exhalan,

creciente en un espacio sin fronteras,

ese amor ya sin ti me amará siempre.

Ángel González

Gracias a todos por estar ahí.


video




lunes, 1 de agosto de 2011

tiempo de mochilas



O mochilas de tiempo. Y no me refiero a que sea el verano momento propicio para colgarse la mochila al hombro y salir por el monte, que también, sino a las mochilas de tiempo con las que cargamos cada uno en nuestra vida.

Lo pensé la otra noche regresando a casa mientras no me quedaba otro remedio que oír la conversación de una chica con leve acento sudamericano en la que le contaba, con mucho cariño a alguien que llamaba papá –pero no podría asegurar el parentesco, porque la confianza que demostraban me sorprendía para tal relación- que se arrepentía de lo que había hecho en el pasado, pero que ahora era otra persona. Me quedé con la duda de saber qué es lo que habría hecho esa chica, y aún hoy vuela mi imaginación recreando historias de una vida ajena.

Aquella chica cargaba con una mochila, la de su vida, que ciertamente le resultaba pesada. Y me di cuenta de que todos llevamos a nuestras espaldas las nuestras, con las que vamos andando por nuestra existencia.

Me ha tocado hacer muchas mochilas, de las de verdad, de las de tela que se llena de ropa y muchas cosas, y he aprendido a meter lo necesario, a prescindir de aquello que pensaba imprescindible en aras de ir más ligera. Y he podido sobrevivir. Luego a la vuelta he podido volver a mis cosas, perfectamente guardadas en casa, a disfrutar de ellas o simplemente a saber que existen, que están ahí y que puedo usarlas cuando quiera. Otras, directamente, las he tirado.

Dicen que la vida es un largo viaje, y transitamos por ella con nuestra mochila al hombro, tan invisible como real porque es lo que ya hemos vivido, lo que ya nos ha pasado. Aquello que forma parte de nosotros. Pero ¿Necesariamente tenemos que cargar con toda la mochila o, por el contrario, deberíamos ser capaces de saber sacar lo prescindible, dejarlo bien guardado y viajar ligero con lo con lo necesario? ¿Y lo necesario es siempre lo mismo? A mí no se me ocurriría ir a la selva tropical con botas de esquiar o a Groenlandia con bikini. Así pues, cada parte del viaje de nuestra vida pide una mochila, y el resto, lo dejamos en casa. Existe, por supuesto que existe, lo sabemos y lo asumimos, pero no cargamos con todo para luego no poder subir la cuesta.

Y cuando nos encontramos con otro caminante, sabemos que también viene con su mochila, y lo asumimos porque sabemos que lo que lleva a su espalda es lo vital para él o ella, o aquello de lo que aún no se ha podido desprender. De la misma manera, yo viajo con una mochila que ahora está demasiado llena, que tendré que ir vaciando poco a poco para poder dar el siguiente paso, dejando recuerdos en el armario de mi alma y portando sólo lo importante, aquello que cualquier viajero que se cruce en mi camino comprenda que, en este punto de la senda, es lo que es ahora mi vida.

martes, 5 de julio de 2011

los domingos a la una

Os podría decir con toda exactitud qué es lo que estaba haciendo los últimos domingos a la una de la tarde. Cinco domingos distintos, cuatro sentimientos iguales y un estupor. En aquel puente sobre el ferrocarril, en la piscina después de la carrera, en soledad o con los niños a punto del paseo, la pena, la tristeza o la rabia, qué más da, la ausencia, me han acompañado.

No os podría decir qué es lo que haré los próximos domingos a la una, tal vez, vermús, tal vez Sol, puede que bici o lo alto de un monte, no lo sé. Pero sí sé que volverá a sonar esa triste alarma emocional programada en mi cerebro a golpe de amor arrebatado.

Ahora hace un mes.

domingo, 26 de junio de 2011

despedidas




La vida está llena de despedidas. Nacer es despedirse. Despedirse del útero materno, el lugar más confortable y seguro del mundo, al que ya no podremos volver por mucho que nos empeñemos. Y nacemos llorando, tal vez por esa pérdida, por nuestra primera despedida. Vivir es una serie de despedidas. Despedimos porque estamos vivos.

Todas estas reflexiones venían a la cabeza ayer, ordenando el trastero, al tirar la silla en la que había paseado a mis dos hijos. Ellos han crecido, son unas personitas camino de su independencia. Pero esa vieja silla de cuadros que seguía ofreciendo cierta resistencia a ser plegada por el lado izquierdo, estaba cargada de historias e ilusiones, de pequeñas sonrisas, de agobios maternos, de vida. Y con ella me despedí de una parte de la mía. También mi hijo mayor, ese hombre en ciernes, acaba de experimentar su propia despedida. Pasa al instituto, se despide de la primera etapa de su vida, de su colegio y su manera de vivir hasta ahora.

La vida está llena de despedidas. Las hay esperadas, deseadas, obligadas, programadas, asumidas, sobrevenidas, arrasadoras. Incluso las hay negadas. Querer despedirse y no poder, que no te dejen. No saber cómo despedirte, cuándo, dónde, de qué manera. Es lo que nos ha pasado ahora con Vicente. No se tenía que haber ido pero se fue, sin despedirse, sin despedida, Y nos quedamos aquí todos mirándonos los unos a los otros buscando consuelo, buscando palabras, con un adiós ahogado en un grito mudo en el fondo de nuestras gargantas porque no teníamos donde lanzarlo. Y al dolor de la partida temprana e inesperada se unió el de la despedida silenciada, sin entender nada, ni por qué se fue, ni por qué no le pudimos decir adiós.

Yo ahora lo tengo más claro. No sé cuando será, os aseguro que no tengo prisa, pero ya no confío en nada. Es todo tan incierto. Pero ahora sé –y os lo quiero dejar aquí claro y público, para que no quede lugar a dudas- lo que quiero que sea después de que me vaya. Quiero que, si es posible, alguien pueda vivir con los órganos que yo ya no necesite. No quiero rezos, no quiero misas, ya me conocéis. Pero también sé ahora que necesitaréis decir adiós. Decidlo, lanzad vuestras palabras al aire. Quisiera también que me despidierais con esta obra, “Salut d’amour” de Edward Elgar. Era una de nuestras piezas favoritas:



Y después quemadme, sí, no quiero ser archivada en ningún nicho para que cualquier paseante doliente lea mi nombre de refilón en busca de una fecha. Quemadme y lanzad mis cenizas junto al último paisaje que él vio, en la carretera de Lorenzana a La Robla, en el cruce de Valsemana, junto al puente del ferrocarril. Ese tren literario que nos unió y que será también nuestra última estación.



Luego, iros al Húmedo de tapas hasta que no podáis más.



martes, 7 de junio de 2011

se fue Violeta






Regalo a Vicente de mis hijos (y algo de mí)

El reloj de mi móvil marcaba las 13:02 cuando comenzaron a sonar los primeros acordes de “Libre te quiero”: Era Vicente y, como cada vez que salía con su veterana bici, me llamaba para decirme dónde estaba y describirme los paisajes y los sonidos. Nadie como él. El domingo me comentaba que estaba en compañía de un viejo mastín de ladrido largo y profundo, “guaauf, guaauf” imitaba. Y nos reíamos. En aquel momento comenzó a explicarme dónde estaba, pero sólo alcanzó a nombrar la carretera a La Robla. Creo que llegó a decir “espera” y a continuación comencé a escuchar unos sonidos guturales y rítmicos similares a un gruñido. Como él era así, supuse que le había acercado el aparato a su espontáneo acompañante; a veces hacía eso y lo mismo me traía el rumor del río que me regalaba los colores del martín pescador o una sinfonía completa interpretada por el más exquisito coro de pájaros.

Pero aquello ya duraba demasiado, yo le llamaba y no me hacía caso. De repente oí unas voces desconocidas: “Caballero, ¿se encuentra bien?” “¡Está morado!”. No, morado, no. Violeta. Vicente se fue violeta como la luz que amaba, como las letras que de vez en cuando le llegaban. Violeta como los ocasos más dulces. Dicen quienes lo vieron que aún sonreía. A mí me cuesta creerlo porque oí aquel sonido. Pero quiero pensar que sí, que Vicente se fue amando. Haciendo lo que más quería, en la naturaleza, con su bici y comunicando. Sí, Vicente se murió viviendo. Feliz.




Quedaros con el estribillo


domingo, 29 de mayo de 2011

de la dignidad

Indignado (participio de "indignar").
(Del lat. indignāri).
1. tr. Irritado, enfadado. U. t. c. prnl
Dignidad.
(Del lat. dignĭtas, -ātis).
1. f. Cualidad de digno.
2. f. Excelencia, realce.
3. f. Gravedad y decoro de las personas en la manera de comportarse.
4. f. Cargo o empleo honorífico y de autoridad.
5. f. En las catedrales y colegiatas, prebenda que corresponde a un oficio honorífico y preeminente, como el deanato, el arcedianato, etc.
6. f. Persona que posee una de estas prebendas. U. t. c. m.
7. f. Prebenda del arzobispo u obispo. Las rentas de la dignidad.
8. f. En las órdenes militares de caballería, cargo de maestre, trece, comendador mayor, clavero, etc.
Real Academia Española

Unos días después del 22M alguien me mandó este vídeo:



Se trata de una mujer, noruega, por más señas, físicamente discapacitada pero que pese a todo quiere ejercer su derecho al voto. Para la interventora era un voto, para aquella mujer era su voto, su única arma para hacerse oír en esto que llaman democracia. Había hecho el esfuerzo de salir, de acudir a depositar su voz en un país que no era el suyo y le querían arrebatar el derecho. Le arrebataron, eso sí, el derecho al voto secreto, pero ni su voz, ni su dignidad. De ésta última no se puede sentir muy orgullosa la interventora.

La dignidad. Eso es lo que nos ha traído este nuevo aire de la #spanishrevolution, que parece que poco a poco va contagiándose por el resto del continente (#europeanrevolution, #frenchrevolution, #greekrevolution, #italianrevolution…). Nos estábamos dejando manejar, sin criterio, sin pensamiento y esas acampadas han sido como una sacudida colectiva y nos han recordado que somos seres racionales que tenemos precisamente eso, la capacidad de pensar. Y hemos vuelto a hacerlo.

Hemos recuperado nuestra dignidad colectiva, nos hemos dado cuenta de que la política no es una profesión que ejercen en beneficio propio unos pocos que siempre son los de siempre, sino que afecta a nuestra vida, a nuestro presente y a nuestro futuro. Que hablar de política es hablar de nuestra vida, porque es nuestra vida lo que se cuece en esos foros. Y que si nos los cierran directamente lo que nos cierran es el control de nuestras propias vidas. Y por ahí sí que no paso, se trata de nuestra dignidad, colectiva e individual. Si la perdemos ¿Qué nos queda? ¿Qué es una persona sin dignidad? ¿Se puede aún seguir llamando persona o es simplemente un ente viviente?

Si hay algo por lo que merece la pena luchar es la dignidad. No dejes que te la pisoteen.


Addenda: Dos lecciones de dignidad:






domingo, 22 de mayo de 2011

teníamos ilusión


Yo tenía la misma edad que mi hija ahora cuando murió Franco. Recuerdo ver la imagen de aquel señor de orejas imposibles llorando mientras nos decía a los españoles que Franco había muerto. En mi casa no lloraba nadie, más bien al contrario. Mis padres llevaban semanas escuchando el parte del equipo médico habitual, meses y años esperando, guardándose la amargura de un padre fusilado y el otro encarcelado. La amrgura del silencio, del miedo. Y eso que mis padres tuvieron una juventud bastante acomodada, pero fueron muchos, demasiados años. Y al fin se abría una puerta a la esperanza. También a la incertidumbre. Recuerdo la alegría. Y yo la vivía con ellos abriendo los ojos ante todo lo que pasaba a mi alrededor. Recuerdo el “Libertad sin ira” y el “Habla pueblo habla”. Recuerdo acompañar siempre a mis padres a votar, la alegría de las primeras municipales donde me vi arrastrada en un divertido pasacalles de una candidatura Ciudadana Independiente de la cual nunca más se supo, la ilusión por el PSP de Tierno Galván y la desilusión cuando fue absorbido por el PSOE. La esperanza del cambio proclamado por el PSOE del 82…

Fui creciendo y se acercaba mi hora de votar. Agradecí haber nacido en agosto y así no tener que enfrentarme a la encrucijada de la OTAN en la que nos había puesto el mismo PSOE que antes decía “OTAN, de entrada, no”. Tenía ilusión, me la habían inoculado mis padres, pero estaba perpleja frente a lo que estaba pasando. Pese a todo nunca he dejado de votar, distintas opciones, nunca de derechas, e incluso en blanco. Porque era lo que había mamado, porque a mis padres le costó mucho y yo me lo encontré todo hecho, porque era mi responsabilidad y creía que mi voto, mi voz, servía para algo.

Teníamos ilusión, pero nos la han ido quitando poco a poco. Fuimos adquiriendo la sensación de que daba igual, que tu voto ya no era tu voz, que no tenías voz, o que nadie la oía. Y nos fuimos indignando. Pero estábamos como anestesiados, adormecidos, llevados por la corriente de la nada cotidiana. Tristes. Hasta que explotamos.

Hoy la plaza del Pilar estaba rebosante. Me he llevado a mis hijos para que sean testigos de un hecho histórico y, sobre todo, para que vivan la democracia real. Tal vez esta sea una segunda transición, la que lleve a la democracia del pueblo y no la instrumentalizada por los profesionales de la política y, sobre todo, los poderes económicos, la verdadera dictadura invisible contra la que nos toca luchar. Es nuestro momento y quiero que ellos lo vivan en primera persona, que mañana vayan al colegio y hablen, y lo hablen y propongan asambleas. Porque la palabra de los niños es tan importante –o más- que la nuestra, porque son el futuro, y, sobre todo, tienen imaginación y las cosas más claras. No quiero que se críen en la apatía y, sobre todo, sin sentido crítico. Tienen derecho a pensar y nos lo querían quitar. Por ahí sí que no paso.

Teníamos ilusión, ahora, además, ganas de luchar por ella.




Addenda: quiero compartir con vosotros esta canción y letra de La Bullonera. Más de treinta años después, qué poco han cambiado las cosas...

http://www.goear.com/listen/e9af035/quien-te-ha-visto-y-quien-te-ve-la-bullonera

QUIÉN TE HA VISTO Y QUIÉN TE VE

Ahora dicen que ya viene
ahora casi es democracia
ahora casi no nos mienten
ahora sólo nos engañan
ahora casi no nos mienten
ahora sólo nos engañan.

Desde la fecha certera de aquel 20 de noviembre,
la dictadura de siempre se fue poniendo muy fea;
y aunque nadie lo notase, fue a buscar un cirujano,
-un experto americano- que la dejó sin bigote.

Ahora dicen que ya viene
ahora casi es democracia
ahora casi no nos mienten
ahora sólo nos engañan
ahora casi no nos mienten
ahora sólo nos engañan.

A los caciques se les ve muy moderados;
más les vale ir de costado que nadar contra corriente;
y antes de perderlo todo, prefieren cambiar deprisa
de bigote, de camisa, de partido y de retrato.

Ahora dicen que ya viene
ahora casi es democracia
ahora casi no nos mienten
ahora sólo nos engañan
ahora casi no nos mienten
ahora sólo nos engañan.

Como son tan obedientes con la ley del beneficio,
no pueden quitarse el vicio de empobrecer a la gente;
y esto tiene peor apaño porque no está el personal
propenso para aguantar así otros cuarenta años.

Ahora dicen que ya viene
ahora casi es democracia
ahora casi no nos mienten
ahora sólo nos engañan
ahora casi no nos mienten
ahora sólo nos engañan.

Despachan la libertad con receta y gota a gota
no vayan a darnos toda y luego nos siente mal.
Pueden incluso afirmar que ha muerto la dictadura:
aquí nos queda la duda de haberla enterrado mal.

Ahora dicen que ya viene
ahora casi es democracia
ahora casi no nos mienten
ahora sólo nos engañan
ahora casi no nos mienten
ahora sólo nos engañan.

miércoles, 18 de mayo de 2011

un cubo lleno de cerezas



Hace más de veinte años tuve un novio de Ateca y cuando íbamos por esta época a ver a sus padres al pueblo me volvía a casa con un cubo lleno de cerezas. Y era un no parar. Cogías la primera y entrelazadas en la maraña de rabitos se venían un montón más. Las cerezas son así.

Y como cerezas van saliendo las protestas de ciudadanos por fin indignados, por fin despiertos. Y ahora los empresarios y los políticos, asombrados por pasar a segundo plano en pleno regodeo electoral, se intentan subir al carro y todos entienden las protestas sociales y las apoyan... No señores, no, no las apoyen. Escúchenlas. Aprendan algo. Que la gente tiene mucho que decir. Lamentablemente, porque ustedes han ido a lo suyo, olvidándose de que están ahí representando a los ciudadanos o ganando dinero a espuertas a costa de subir precios, despedir trabajadores y recibir ayudas del gobierno, o sea, de todos los ciudadanos. Escúchenlas, aprendan y, después, actúen en consecuencia.

Y está bien. Estos ciudadanos están tan enredados como las cerezas y son apolíticos, o no, de izquierdas, o no, jóvenes, o no, alternativos, o no, parados, o no. Pero todos tienen motivos para estar indignados, para decir basta ya y para pedir democracia real.

Luego vendrá el momento de las propuestas concretas, donde todos tendremos que sacrificar algo para que todo cambie. Hoy oía propuestas tan imaginativas como cabales del orden de pedir que, de la misma manera que hay un salario mínimo interprofesional también haya uno máximo. Otra propuesta sería la del reparto del trabajo, menos horas, si también menos sueldo, pero trabajo para todos. La clave es la solidaridad. De todos con todos. Empatía también sería otra clave, saber ponernos en el lugar del otro. El otro día me mandaban un correo sobre las lecciones que nos había dejado el pueblo japonés tras el tsunami y destaco dos: una, que la gente compró sólo lo que necesitaban, así todos podrían conseguir algo y la otra que los restaurantes redujeron los precios. Nadie se aprovechó de los cajeros. Los fuertes cuidaron de los débiles. En una situación de emergencia la población supo reaccionar no individualmente sino como colectivo. Ésta es también una emergencia mundial, y no me refiero sólo a la crisis sino a la falta de independencia de la política respecto de la economía. Y así la democracia se ha convertido en una suerte de pantomima periódica en la que metemos unos papelitos en una caja transparente y nos vamos a tomar un vermú o de paseo dominical.

No, basta ya, vamos a entrelazarnos como cerezas y a satisfacer este ánimo laminero de cambio. Si no lo hacemos nosotros ¿quién lo va a hacer?


jueves, 12 de mayo de 2011

hilos de cristal



No solemos darnos cuenta pero nuestra vida, tal y como la conocemos o nos la hemos conseguido montar, pende de finísimos hilos de cristal. Así me pareció la tarde del miércoles al escuchar la radio. En cinco segundos, una mujer como yo, con una familia como la mía en una casa como la que yo habito, pasando una tarde tranquila, cada uno en su habitación, haciendo los deberes o jugando o escribiendo, notan temblar la tierra bajo sus pies y literalmente, se les cae la casa encima. Y todo cambia. Ya nada vuelve a ser lo mismo. Con suerte, estarán vivos los tres, asustados, tal vez con magulladuras, pero vivos. Y habrán salido a la calle donde coinciden con otros miles de personas, tan vivos y asustados como ellos. Otros, unos pocos, pero demasiados, no habrán tenido tanta suerte. Y esa familia normal, sin otra preocupación que llegar a fin de mes y que los niños crezcan felices, aprovechen el curso, etcétera, etcétera, cambia su perspectiva. Ahora su preocupación inmediata es pasar la noche. Luego saber si les queda algo. Después, volver a empezar de cero.

Somos vulnerables. Desde nuestro confortable sofá vemos pasar ante nuestros ojos las imágenes de tragedias humanas por guerras o desastres naturales que derivan en la instalación de campamentos humanitarios donde la gente sobrevive –más que vive- durante semanas o meses. Solemos pensar que está muy lejos y que afecta a otro tipo de gente, otra cultura, incluso otro “status”, qué idiotas somos. Hace dos meses, asistimos desde nuestra doméstica butaca al gran terremoto de Japón. Y entonces vimos que la gente que acababa en esos polideportivos o en esas enormes tiendas de campaña eran más parecidos a nosotros, pero seguían estando muy lejos. Seguíamos siendo espectadores privilegiados. Ahora la tragedia la tenemos a sólo unos pocos cientos de kilómetros, en nuestro propio país. Quien más quien menos conoce a alguien o tiene un amigo que tiene familia o estuvo por ahí o… o tiene algún tipo de vínculo con Lorca o Murcia. Y seguimos en nuestra butaca, sí, pero removiéndonos porque nos podía haber tocado a cualquiera. Porque ellos sí, son gente como nosotros, que viven lo mismo que nosotros,, hablan en nuestro idioma de las mismas cosas, ven los mismos programas de tele y despotrican contra los mismos políticos. Y nos duele más.

Nunca sabemos cuándo o de qué manera se va romper nuestro hilo de cristal. Tal vez nunca. Pero aparte de la solidaridad que nace entre nosotros y nos empuja a volcarnos con la gente que ha perdido sus sueños en cinco segundos, debemos hacer una reflexión, yo la primera, sobre qué nos preocupa. Y a lo mejor, nos damos cuenta de que no estamos tan mal. De que, pese a todo, la vida es buena con nosotros. Vamos a beberla.

(Esta entrada la comencé a escribir el jueves, pero blogger no me ha dejado publicarla hasta hoy, sábado...)


miércoles, 20 de abril de 2011

crónica sentimental de una restauración



La primera vez que entré en la catedral se me cayó el alma a los pies. Todo era gris, oscuro, sucio y frío. No había manera de admirar su belleza porque no era capaz de apreciarla. La mugre tapaba las piedras y aquella enorme estructura metálica, la perspectiva. Comenzamos a trabajar con más ilusión que medios. Había que conocer, había que diagnosticar, había que proponer. Desde lo alto de aquel andamio imposible más propio de una pista de circo, miraba en rededor y me entraba el ánimo anarquista. Me preguntaba si no sería mejor colocar cuatro cargas de dinamita bien puestas y terminar con todo aquello. Pero la responsabilidad, la sensibilidad y, no lo neguemos, la necesidad de seguir trabajando pudieron más y continué describiendo la catedral piedra a piedra.

Han pasado muchos años desde entonces. Muchos. Es casi parte de mi vida. En todo este tiempo me han nacido dos hijos y he perdido dos amigos. He aprendido, he trabajado, he errado, he rectificado. He solucionado. He tenido grandes alegrías y también sinsabores. Me han salido las primeras canas (ahora muy acompañadas). Ha sido duro, ha sido intenso. Gratificante y desesperante. He conocido grandes profesionales. He hablado con canteros y albañiles que han convivido con la piedra y los materiales toda su vida y que me han enseñado más que mis años en la facultad. He trepado, y me he agachado, he terminado con agujetas (verídico) de hacer kilómetros tridimensionales de andamio. He entrado a pie llano y esquivando agujeros, subiendo y bajando escaleras inestables, cosas de los arqueólogos.


Han pasado muchos años, hemos hecho muchas cosas. Recuerdo una temporada que cada vez que llegaba tras la última curva de la carretera veía su cimborrio y pensaba para mí “¡uf! Aún está en pie”. Nos hemos encontrado con problemas nuevos que nos han puesto a prueba. Y los hemos superado. Ha sido tan difícil como fascinante.


Pero lo verdaderamente fascinante ha sido ver como esa mugre ha ido dejando paso al arte. Y la belleza se ha hecho luz. La misma catedral que fue oscura luce hoy brillante y me ha permitido admirar perspectivas y detalles imposibles ya, ahora que ya no hay andamios. Se ha hecho la luz, la piedra resplandece, la catedral deslumbra. Y después de todo lo pasado, me siento orgullosa de mi pequeña aportación cuidando esas piedras, buscando las mejores sustitutas, materiales y soluciones y controlando que esa indómita humedad no altere más el devenir de la historia de esa catedral y de esa ciudad que la mira anhelante a sus pies.




martes, 12 de abril de 2011

mi infancia no son recuerdos de un patio de Sevilla





No, la mía no. Mi infancia son recuerdos de un horizonte amplio de campos y yeso. De veranos de bochorno, bici, bambas, bañador y, a veces, camiseta. Y, siempre, de libertad. Pero eso lo sé ahora. Entonces, no. Entonces me parecía fatal “tener que pasar” todos los veranos en La Mejana mientras primos y amigas mías se iban a la playa o incluso de viajes, a veces al extranjero. Ahora sé que fui una privilegiada.

Los horizontes de La Mejana

Mi infancia no son sólo los veranos, pero la memoria es fabulosa y tiende a recordar lo positivo. Sólo con esfuerzo hurgo en los recuerdos del colegio, sus niñas, sus monjas y su uniforme. Esa coraza de tela que me amordazaba con su falda tableada de cuadritos príncipe de Gales. No había día más liberador que el 21 de junio o aledaños en que colgaba aquella asfixiante ropa y me calzaba mis vaqueros y deportivas, me metían en el coche, me mareaba tres veces en 18 kilómetros y me iba a la Mejana.

La Mejana, además de libertad era una extraña mezcla de indolencia y aventura. Del grito de “¡Qué bien se está aquí!” de mi madre debajo de la higuera junto al brazal y las excursiones en bicicleta. De juegos en soledad y bullicio de visitas. De ver amanecer por detrás del monte y de tumbarse completamente a oscuras a mirar un cielo estrellado como nunca he vuelto a ver, en busca de estrellas fugaces y ¿por qué no? algún ovni (Dicen que una vez vieron uno una noche que yo estaba con fiebre). Era viajes en tractor con el Ángel, era largas horas con pastores que me daban leche de cabra y la oportunidad de ver nacer algún corderito. Era madrugones a “ayudar” a empacar, construir castillos con esas pacas de alface (alfalfa) y “ayudar” de nuevo a recoger las pacas días después –efímera arquitectura- para terminar comiendo huevos fritos con patatas en el Maracaibo a las nueve y media de la mañana.

Plantando un plátano. De esta foto faltan el árbol,
el Ángel, mi madre y casi la Mejana. Sólo quedo yo...


La Mejana, es decir, la libertad, era ir en bicicleta al pueblo a las cuatro de la tarde a la piscina, los tres hermanos solos. Impensable ahora. Era subir a la higuera, la otra, la que no daba sombra, que dejaba de ser higuera y se convertía en un barco pirata con su torre de vigía y todo. O en un circo, con trapecio incluido. O en una casa. Y siempre en un refugio. También era coger alberjes (albaricoques para los de fuera) casi saltando de árbol en árbol.

Pero la libertad, como siempre, tiene sus límites y te podías bañar en el brazal pero lejos del sifón, no fuera a ser que nos ahogáramos. Y podíamos ir de paseo por la rasa de las Traviesas pero con cuidado con el pozo que había a mitad. Y ojo con las excursiones por el camino del Soto no llegáramos al río. He de confesar que no fue hasta este otoño pasado que no fui por allí en bicicleta en camino inverso, desde Zaragoza a La Mejana pasando por la Alfranca y los Huertos. Sentía curiosidad por conocer esos horizontes vedados. Eran bonitos.

Y la libertad tenía un límite cruel, era una libertad condicional, condicionada a una fecha, el 16 de septiembre, que además del cumpleaños de mi madre, era el día de volverse a poner el horrible uniforme y regresar a la claustrofobia rutinaria del cole, sus monjas, sus niñas y sus deberes. Recuerdo con horror la entrada en Santa Isabel donde descubríamos el primer anuncio de Galerías Preciados con unos críos de apariencia felicísima porque volvían al cole. Desgraciados ¿Es que los publicistas nunca fueron niños?

jueves, 31 de marzo de 2011

la paradoja japonesa



“Japón sabe construir casas antiterremotos pero no antitsunamis” comentaba un experto nipón en planificación urbana a una periodista. No deja de ser una paradoja si pensamos que “tsunami” es una palabra japonesa que ya hemos aprendido todos que quiere decir “ola de puerto”. Un tsunami consiste en una serie de olas generadas por un “dislocamiento” vertical de una columna de agua causado por deslizamientos, actividad volcánica, impactos de cuerpos grandes o sismos, como ahora. Para que lo entendamos, se pudo producir un súbito hundimiento del fondo marino que se “tragara” el agua hacia su interior. Esto implica la típica retirada del mar de las costas que precede a la “gran ola” del tsunami que se produce cuando el sistema se ha estabilizado y causa efectos destructivos en el regreso del agua a la costa, como hemos visto.

Y es en ese punto, en tierra firme japonesa, cuando no entendemos nada, cuando la palabra “paradoja” acude a nuestra mente mientras nos bombardean las imágenes de coches amontonados, barcos tierra adentro varados como casas y casas flotando sobre el agua como barcos a la deriva. Las mismas casas que habían resistido el terremoto. Todo esto en sí, ya es una catástrofe, la traducción social del peligro que supone un terremoto y su posterior tsunami. Esta interacción entre condiciones naturales y sociedad es lo que conocemos como riesgo natural y es necesario evaluarlo para medir y corregir esa posible afección. Así de sencillo. Entonces ¿qué falló?

En realidad no falló nada. Los edificios estaban preparados para resistir el seísmo y lo resistieron. Muchas de las casas que vimos a la deriva estaban intactas, a pesar de la magnitud 8,9 del terremoto. La normativa en ingeniería de la construcción en aquel país es modélica con respecto al resto del mundo. En Japón conocen perfectamente su situación en la unión de las placas Euroasiática, Pacífica y Norteamericana. El contacto entre estas dos últimas se produce justo al Este del archipiélago (donde se originó el terremoto) y supone la penetración –subducción que decimos los geólogos- de la placa Pacífica por debajo de la Norteamericana. Esto crea fallas activas y una fosa con una profundidad superior a los 10.000m, mucho más que la altura del Everest. El movimiento de esas fallas libera gran energía y es lo que da lugar a los terremotos, muy frecuentes en esa zona. No hay más que mirar la página web http://www.iris.edu/seismon/. Así descubrimos que cerca de la costa de Honsu, donde se dio el devastador del once de marzo, se han producido sólo en los últimos quince días casi cuatrocientas réplicas de cuatro o más grados de magnitud en la escala Richter.

Sin embargo la tragedia de Japón ha trascendido más allá de los efectos directos del terremoto y posterior tsunami. Ahora la atención mediática –es decir, mundial- está dirigida hacia la central nuclear de Fukushima. Para decidir el emplazamiento de una central nuclear se lleva a cabo un control muy estricto sobre múltiples factores. En el caso de las centrales nucleares de Japón podemos pensar que han sido diseñadas debidamente si tenemos en cuenta que han resistido adecuadamente los múltiples sismos que se producen en esa zona, incluido este último. Sin embargo quedan preguntas en el aire: ¿En que condiciones resistentes están los materiales aislantes de los reactores? Si bien suelen estar enfundados en hormigón y gruesas capas metálicas, también es cierto que existe una propiedad de los materiales que es la fatiga. Un material sometido a un esfuerzo oscilante, repetido o alternante, puede romper bajo otros inferiores a su capacidad resistente normal. Esto que dicho así es muy farragoso, lo podemos entender fácilmente si pensamos en cómo rompemos un alambre con las manos. No lo hacemos estirando de los extremos sino que lo vamos doblando una y otra vez hasta que sentimos que cada vez está más “blando” y se rompe. Lo hemos roto por fatiga. Este mismo fenómeno puede estar produciéndose en los aislantes de los reactores, sobre todo de las centrales más antiguas, como es la de Fukushima. Otra pregunta es ¿Por qué no se tomaron medidas eficaces después del terremoto y tsunami de julio 2007, de menor magnitud y que provocó dos fugas radiactivas en la central de Kashiwazaki-Kariwa, el complejo más grande del mundo con 7 reactores? En aquel momento el OIEA lanzó un "llamado de atención al mundo" en el que alertaban que "la mayor amenaza para una central puede estar fuera de sus paredes: huracanes, inundaciones, incendios, tsunamis, volcanes, terremotos." Por último ¿Por qué se permitió el funcionamiento de una central nuclear no sólo en una zona de alto riesgo sísmico como es la costa noreste de Japón, sino junto al mar? Por muy bien proyectada que estuviera Fukushima desde el punto de vista sismorresistente, es evidente que su ubicación costera a bajo nivel era una bomba de relojería. Tal vez su instalación sobre un pedraplén nos hubiera salvado de la catástrofe añadida a la que nos enfrentamos. No hemos de olvidar que la contaminación radiactiva no es como la química, que su efecto es relativamente corto. El plutonio 239 que se está encontrando ahora en suelos cercanos a la central tiene un periodo de semidesintegración muy elevado, de 24.360 años. Esto quiere decir que va a conservar su potencial radiactivo durante mucho tiempo, más allá del que duren las noticias sobre el tsunami y la central nuclear.

La radiactividad que se está escapando de la central de Fukushima no es ningún fenómeno mediático. Es un asunto extremadamente serio que debe –y así parece que es- hacernos plantear la idoneidad de la energía nuclear, o si por el contrario, y ya que cada vez somos más dependientes de la energía, apostamos decididamente por energías renovables y limpias a corto, medio y largo plazo.



miércoles, 16 de marzo de 2011

en la capital de la tecnología faltan productos básicos



Vivimos rodeados de gadgets electrónicos. Cada día uno nuevo. Todo comenzó con las calculadoras que no nos dejaban llevar a los exámenes. Después llegó el PC, evolucionando sin parar desde aquellos antediluvianos amstrad. Quisimos grabar las pelis de la tele o ver otras cuando quisiéramos y nos llenamos de VHS, cuya victoria sobre el resto de formatos duró hasta que llegó el DVD. También había que llevar la música a cuestas, y salieron los discman. Queríamos más y empezamos a llevar también el teléfono a cuestas. Y todo empezó a ser cada vez más tecnológico y pequeño. Las películas fotográficas y sus correspondientes cámaras pasaron a la historia y se impusieron las cámaras digitales. Pero para verlas hacía falta un ordenador. O mejor aún aquellos marcos digitales que se pusieron de moda unas navidades y que ahora nadie enciende y viven arrinconados en la segunda fila de la estantería. Luego nos convencieron de que lo mejor era tener un e-book, que ocupa poco y puedes leer muchos libros. Y para divertirse nada como toda esa serie de videoconsolas de distintos tamaños, portabilidades y dimensiones para experimentar todo tipo de sensaciones en cualquier lugar. Y ya no hubo vuelta atrás. Cada vez más tecnología, cada vez más dependencia. Yo misma estoy escribiendo en mi portátil conectado a Internet por un router wifi, igual que la impresora, y con varios periféricos que hacen escasear los puertos USB. Pero, a pesar de tanta tecnología inalámbrica, todo tiene al final un cable, o varios. Y esos cables terminan en una clavija conectada a la red eléctrica. Y ahí la liamos.

No reniego de la tecnología, en tanto en cuanto nos ha permitido una serie de avances impensables hace tan sólo 30 años. Sin embargo nos ha hecho absolutamente dependientes de esa clavija que nos conectan directamente con unas fuentes de energía que no queremos conocer, mientras luzca la lámpara que me alumbra, pueda teclear y mi móvil tenga batería. Este fin de semana comentaba con una amiga que me iba a comprar un camping-gas porque si hubiera un apagón ni siquiera podría calentar la leche del desayuno de mis hijos.

Y ahora, la capital de la tecnología está medio a oscuras y sin alimentos porque el planeta ha estornudado y ha dejado muy maltrechas algunas de las centrales nucleares que nutren las clavijas de sus aparatos. Y de paso, ha vaciado las estanterías de sus tiendas. Tienen aparatos que no se pueden comer, porque no creo que sea muy digerible la tortilla de microchips ni el caldo de smartphone.

La lengua de agua se ha llevado por delante todo lo que ha encontrado a su paso y ha dejado tambaleándose el país mejor preparado para los terremotos. Pero, como siempre, el ser humano no para de mirarse el ombligo en nuestra minúscula permanencia en la Tierra y creía dominar la Naturaleza. De vez en cuando el planeta se encarga de ponernos en nuestro sitio. Llevamos apenas un ratico en esta Tierra de miles de millones de años, en la que lo que está pasando, los terremotos, volcanes, lluvias torrenciales, etc, son una serie de fenómenos naturales que han ocurrido a lo largo de los distintos periodos geológicos una y otra vez, con la misma tendencia a la repetición. Ahora bien, hay dos hechos irrefutables: el primero es que el ser humano es tan tonto que se dedica a edificar sus ciudades e instalaciones donde sabe que tarde o temprano va a tener problemas, pero en su miopía temporal confían en el periodo de recurrencia de 500 años. El segundo es que somos tan presuntuosos que pensamos que podemos llegar a dominar el planeta con nuestro ingenio y nuestro conocimiento. Pero éste tiene mucha más paciencia, y tarde o temprano devuelve la bofetada corregida y aumentada. Millones de años de experiencia sirven para algo.

martes, 8 de marzo de 2011

364 días más


Como todos los años volvemos a escuchar la misma letanía de las diferencias salariales entre hombres y mujeres, la reivindicación del trabajo de ama de casa o el gran número de universitarias y poco de catedráticas. Siempre igual. Todos los años lo mismo. Un día, a lo sumo unos días previos, en el que el cerebro se nos tiñe de violeta. El nueve de marzo vuelve a ser tan gris como siempre, y ya somos un asunto tan viejo como el periódico del día anterior. Hemos fagocitado la noticia un año más, cumplido el ritual. Vamos a mirar el calendario para ver cuál es el siguiente día internacional, europeo, nacional o de mi barrio que toca. Y volveremos a hablar –mucho- de ese tema. Hasta agotarlo un año más.

Para vuestra información y que os vayáis preparando, os dejo este enlace de los distintos días “especiales” para algo: http://www.diainternacionalde.com/ O sea, que nos vamos a olvidar de las mujeres para al día siguiente estar centradísimos en los riñones, que olvidaremos pronto para hablar mucho, pero mucho, de las víctimas del terrorismo, con su correspondiente aciago aniversario. Y pasaremos día y página y lo más importante será los riesgos del glaucoma… y así nos iremos comiendo el mes y el año, volcándonos como locos en diferentes temas para olvidarlos al día siguiente en una suerte de amnesia colectiva tan apabullante como dirigida.

Y mientras las mujeres trabajadoras seguiremos batallando cada día por nuestro trabajo, nuestros hijos y nuestra vida, tragándonos angustias y alegrías porque hay que estar ahí aguantando mecha y echándole esos órganos masculinos que biológicamente nos faltan pero que en sentido figurado no hacemos más gala de ellos porque nos parece tan natural que no necesitamos hacer ostentación. Porque ésa es la clave: Para muchas de nosotras es natural levantarte cronometrando tu vida y pensando en cómo compaginar y poder hacer varias cosas a la vez. Llevamos grabado a fuego un cronograma interno en el que se superponen las tareas para aprovechar el tiempo al máximo. Y cuando llegamos a casa, solas o acompañadas por nuestros hijos, no nos tiramos en el sofá a descansar zapineando, sino que aún no nos hemos quitado el bolso y entramos en la cocina a que se vaya calentando el agua para hacer la comida o calentando algo en el microondas o poner la lavadora, o recoger la ropa del tendedor o llenar la bañera para los niños o…

Lo ideal sería que no existiera este día, q no hiciera falta reivindicar lo que debería ser una realidad, que las mujeres existimos, somos visibles más allá de una apariencia y que no es que seamos iguales, que afortunadamente no lo somos, a los hombres, pero somos capaces de trabajar de la misma manera igual que ellos. Y ellos, salvo parir, pueden hacer lo mismo que nosotras. Lo dicho, ojalá no existiera este día porque querría decir que todo es normal.


sábado, 26 de febrero de 2011

¡a la mierda!



Si ilustres como Fernando Fernán Gómez o nuestro Labordeta hicieron famosa esta expresión cómo no la íbamos a gritar ahora con la que está cayendo.



La tercera edición del festival Buena Chen reivindicaba este grito para mandar a la mierda a todos los que han creado esta crisis que nos agobia a casi todos pero que han creado unos pocos, los cuales casi ninguno está agobiado, casi al contrario. Además en esta edición colaboraban con la Asociación para la recuperación de la memoria histórica de Aragón. También apoyaban otras causas rebeldes y solidarias, para que duren estos proyectos solidarios. Yo pensaba que ojalá no duren estos proyectos solidarios, pero porque ya no sean necesarios.


Así que esta mañana la plaza San Bruno estaba animada con el Teatro Arbolé, la Orquesta de Cámara del Bajo Aragón, Oregón TV y Ritmos de Resistencia (curioso mix, la verdad). Yo sólo he llegado a la batukada y a la orquesta de Alcañiz, pero la verdad es que había ambiente. Lo dicho, razones nos sobran.



Pero no eran sólo razones políticas, económicas o sociales las que me movían a ese grito colectivo. Yo llegaba también cargada, muy cargada con mis razones personales, como si alguien hubiera hurgado en mis sentimientos y en mis pensamientos y hubiera sacado de mi cerebro el grito ahogado que me acompaña en este largo mes de febrero. Llegaba cargada de “alamierdas” por mi trabajo, o más bien por su escasez tendente a ausencia. Llegaba cargada de “alamierdas” por Hacienda, ya os conté. Cargaba “alamierdas” por la sensación de que, mira que hay gente en el mundo y momentos en la vida y tienen que venir a mi oficina en este momento a intentar robar. Pero sobre todo cargaba “alamierdas” gordos y brillantes por una situación personal que me tiene abrumada y derribada, que ha borrado la sonrisa de mi cara y que me hace incluso plantearme si esta es la madre que necesitan mis hijos.

Y es que hay una frase que creía exiliada de mi diccionario personal que, sin embargo, ha vuelto con intención de instalarse: “No soy capaz”. Soy buena profesional, pero no soy capaz de mantener y mantenerme con mi actividad. No me siento capaz de sacar a mis hijos adelante con la alegría y dedicación que ellos se merecen. Y no soy capaz, una vez más, de cristalizar el amor que siento. Más bien al contrario, se vuelve a romper como el cristal que nunca ha sido. Una vez más. Me siento como un rey Midas a la inversa en esto del amor, que todo lo que toco, se convierte en barro. Y se deshace. Y me deshace.

Es entonces cuando vuelvo mi cara al río, grande y poderoso. Pedaleo en mi bici junto a él, a toda hostia, con paisaje, sin cunetas pero con orillas. Con el viento frío azotando mi cara. Y el río me acompaña, me mira -lo veo- y me llama:




River's Invitation
(P. Mayfield)

I've been all across the country
And I've stayed in every town
Because I'm trying to find my baby
But no one has seen her around
And you know which way I'm headed
If my baby can't be found

I spoke to the river
And the river spoke back to me
It said man you look so lonely
You look full of misery
And if you can't find your baby
Come and make your home with me

Well, I don't want to leave her
Because I know she's still alive
And someday I'm going to find her
And I'll take her for a ride
And we'll spend our days forever
In our home beneath the tide

Gracias, Blue Bayou por presentarme esta canción.


jueves, 17 de febrero de 2011

de dragones y espinos



Desde pequeña ya era distinta. Recuerdo que me llevaron a ver la película “La bella durmiente” cuando apenas tenía cuatro o cinco años y me impactó mucho. Después no hacía sino hojear y hojear el libro hasta que sus imágenes quedaron grabadas a fuego en mi memoria. No sabía hasta qué punto. Yo no quería ser la princesa que espera durmiendo a que llegue su príncipe a despertarla a la vida. No, yo no sirvo para eso. Yo quería ser el príncipe valeroso que con su espada de la verdad avanzaba por el bosque de espinos y se enfrentaba al dragón en el que se había convertido Maléfica. Y ahí sigo.

Desde pequeña ya era distinta. Desde siempre fui diferente, la bizquita, la zurdita, la chicazo, la poeta metida a ciencias, la geóloga metida a restauradora (o así), la rebelde, la independiente, la emprendedora, la autónoma, la impagada, la divorciada, la madre sola, la enamorada, la rechazada, la vuelta a enamorar, la vuelta a rechazar. La caída, la levantada... Elegí -o tomé- el lado difícil de la vida y estoy harta de partirme la cara con ella una y otra vez. Como el príncipe en el bosque de espinos.

No, la vida no me está resultando fácil. Debería sentirme afortunada por ello porque eso enriquece. Pero estoy cansada. Incluso muy cansada. Tengo la sensación de que mi vida, mi precaria vida, lo que he conseguido construir en estos años se vuelve a desmoronar. Me siento como un castillo de arena junto a la orilla del mar, erguido, con su foso de defensa, sus puertas y sus esbeltas torres con chorreritas de arena semilíquida y todo. Tan bonito. Hasta que llega una ola y lo empieza a horadar y llega otra y sigue el trabajo emprendido por la anterior. Y así, hasta que se derrumba y tan sólo queda un pequeño montón de arena informe. Y vuelta a empezar, pala en ristre, a construir. Hasta la próxima ola. O el próximo dragón.

Mi penúltimo dragón se llama Hacienda. Del último no hablo porque decidió salir de mi vida. Hace pocos días saltó la noticia de que la Agencia Tributaria iba a ir contra los profesionales que metían excesivos gastos y mostraban signos exteriores de riqueza no acordes con sus ingresos declarados. A pesar de que mi coche tiene casi once años, conmigo ya ha ido entrenando. Yo soy una de esos profesionales autónomos. Además, y sobre todo, soy madre, madre que cuida y ama a sus hijos y pretende educarlos con responsabilidad. Ello pasa por pasar tiempo, tiempo de calidad con ellos. No eché hijos al mundo para que los críe otra persona. Y por ello elegí trabajar parte de mi jornada desde casa, entreverando mis deberes con los suyos. Además tengo un local donde tengo instalado el laboratorio que ni me cabe en casa ni puedo tenerlo habiendo niños. En definitiva trabajo en ambos sitios en un intento de conciliar mi vida laboral y familiar.

Pero además trabajo en restauración de monumentos. Y, aunque me llevo muestras a mi laboratorio, creo que a la gente le sabe mal que desmonte sus catedrales y me las lleve a casa para no tener que desplazarme a trabajar. Además, el local –y también mi casa- es pequeño y no me caben. De manera que no me queda más remedio que desplazarme hasta donde estén, lo cual conlleva tener que coger el coche y, muchas veces, más de las que me gustaría a mí, comer fuera. Bien es cierto que cuando he tenido suerte de trabajar en mi ciudad he procurado echarme la mochila al hombro e ir en bicicleta, más barato, sano y respetuoso con el medioambiente.

Pues bien, para la Agencia Tributaria todos estos argumentos no valen. Y considera que estoy defraudando al meter los gastos de desplazamiento y manutención cuando voy a una obra o cuando meto los gastos de luz e Internet por trabajar parte de mi jornada en casa, mientras cuido a mis niños y mando informes en pdf.

Y de esta manera, me reclama una cantidad que no soy capaz de pagar, porque, estamos en crisis y el trabajo ha flojeado. A mí nadie me da ayudas por pérdidas de beneficios, nadie me convoca a Moncloa a pedirme mi opinión para buscar soluciones para la crisis. De mí sólo se acuerda el gobierno para exprimirme un poco más y así poder ayudar a esos grandes empresarios que nos han llevado a la crisis. Y tengo que pagar más por trabajar.


No estoy por la labor, no me quedaré de brazos cruzados. Voy a seguir luchando contra el dragón, en los tribunales, por aquello que considero justo y veraz. No me quedaré dormida esperando a mi príncipe. Ése nunca llega. Nunca se quedan junto a las mujeres diferentes.

viernes, 11 de febrero de 2011

robin hood 2.0


Un buen amigo me envío el otro día este enlace: http://www.intermonoxfam.org/es/page.asp?id=3801 Es curioso, porque yo hacía tiempo que empezaba a pensar que en la situación actual sería necesario una actualización de Robin Hood. Y esta gente de intermon oxfam, una de las ong’s más serias que conozco y en la que colabora este amigo ha tenido la misma idea y han lanzado esta campaña.

Es verdad, la crisis la causan unos y las pagamos los demás por partida doble, con nuestro trabajo o carencia de él y con nuestros impuestos para rescatar a esos que han causado la crisis. ¿Y a nosotros? ¿Quién nos rescata a nosotros? Os copio una carta que publiqué hace más de dos años en algún medio de comunicación y que sigue tan vigente (salvo lo del Cachuli, que encima ése, con lo que ha robado, ya está en libertad, condicional, pero libertad):

Disculpen un momento.

Disculpen un momento si no entiendo nada, pero es que yo no soy experta en economía. Sé lo justito para sobrevivir y que no me engañen demasiado. Y ése es el problema.

Estamos rodeados por la crisis. Abrumados por la crisis. Levantas una piedra y hay crisis debajo. Todo es crisis. Y como todo es crisis, todo vale. O no.

Durante años hemos asistido a una obscena ostentación de las ganancias de los bancos y los banqueros que se repartían beneficios y stock options” sin pudor y sin parar, mientras nosotros, ciudadanitos de a pie, pagábamos comisiones indecentes porque el bancario de turno nos dijera “buenos días”. Y ahora llega la crisis, y esos “pobres” banqueros están viendo como sus otrora pingües beneficios decrecen alarmantemente e incluso –dicen- tienen problemas de liquidez. Asistimos ahora al desfile de bancos en apuros en Estados Unidos y Europa –no he oído nada de las Islas Mauricio y otros paraísos fiscales- acompañados por inmobiliarias y constructoras que han amasado fortunas a costa de nuestras viviendas, derecho constitucional, con la misma habilidad con la que sus albañiles amasaban mortero.
Y ahora saltan los gobiernos, el nuestro, en concreto con que les van a insuflar aire a base de miles de millones de euros.

A ver. Esos miles de millones de euros, son míos, suyos y del señor que se está tomando un café ahí al lado. Provienen de nuestros impuestos que nadie nos ha perdonado ni un solo día y ojo como no pagues. Y ahora tenemos que salir a salvar a esa pandilla, cuya liquidez está más asegurada que la del agua marina que rodea esos paraísos fiscales. Y mientras tanto, si mi nanoempresa va mal, nadie va a salir en mi ayuda y me va a dar mi correspondiente balón de oxígeno, sino que tendré que pagar hasta el último euro, o me iré a hacerle compañía a Cachuli, pero en celda de clase turista, claro.

Que no nos engañen más, por favor. Basta ya.

miércoles, 2 de febrero de 2011

un paso adelante






Ayer estuve escuchando una entrevista que le hicieron a Luz Casal con motivo del concierto que va a dar en el Madrid Arena coincidiendo con el Día Mundial contra el Cáncer. Lo de esta mujer es increíble. No le han faltado los motivos para derrumbarse, seguramente lo haya llegado a hacer en algún momento, pero ahí sigue ella, luchando por partida doble contra el cáncer dando un paso adelante mirando al futuro, pero con taconazo. Poniendo un punto y seguido en su vida, porque la vida está llena de puntos y seguidos. Y algún que otro punto y aparte.

Sí, la vida está llena de puntos. Y cada punto es un cambio. De puntos y seguido y de punto y aparte. Punto final sólo hay uno. Cada uno va escribiendo su propia vida, igual que yo escribo ahora este texto. Frase tras frase. Fase tras fase. Y de vez en cuando cae un punto y se sigue, se da un paso adelante. Se sigue escribiendo la vida. Llena de puntos. No hay nada más infumable que un texto consistente en una frase sin puntos. Pues lo mismo.

Ya os lo comenté hace tiempo: la vida está llena de cambios. Y lo estamos viendo ahora mismo con la situación de Túnez y Egipto. El siguiente artículo de Miquel Roca i Junyent es esclarecedor, no sólo respecto a lo que está ocurriendo en Egipto (cada vez más grave) sino en nuestras propias y pequeñas vidas:

http://www.lavanguardia.es/opinion/articulos/20110201/54107954555/apoyar-el-cambio.html

Hay en él dos frases que deberíamos enmarcarnos y ponérnoslas enfrente de nuestra cama para verlas todos los días nada más despertarnos:

“el deseo de libertad y dignidad es más importante. Lo que falta por recorrer será duro, largo y difícil; pero el camino se ha iniciado y ya no hay vuelta atrás.” “Lo sensato es apoyar el cambio.”

Casi nada: libertad, dignidad, cambio. Grandes palabras todas en una frase. Además dice que será duro, largo y difícil. También son grandes palabras. Pero no debemos temerlas porque sólo hacen referencia a un momento del proceso, no al resultado de ese proceso. Los cambios suelen ser duros, a veces largos y normalmente difíciles, pero siempre, siempre son un paso adelante.

¿Seguimos andando?

miércoles, 26 de enero de 2011

torrero-túnez


No quieren a los medios de comunicación. No es fácil salir. Hace años tampoco lo fue. Abren, asoman la cabeza y miran a ver si hay alguien grabando. Día sí, hora también tienen una cámara, del tipo que sea, acechando. Porque son carnaza, son de lo que toca hablar ahora. Porque mientras la gente esté entretenida con parte de la historia, no se enteran de lo que realmente es importante, ya lo señaló Chomsky. El Centro Social Okupado Kike Mur presenta un aspecto poco halagüeño, la verdad. Me comentan que habían trabajado mucho y estaba bastante acondicionado, pero que la policía lo destrozó todo durante el desalojo. Ahora están otra vez rehaciendo lo deshecho. Si me dicen hace años que iba a entrar en la cárcel de Torrero motu propio, me habría entrado la risa floja. Y sin embargo ahí estaba yo encaramada a una valla gritando para poder acceder.

No quieren a los medios de comunicación y es lo primero que me preguntan cuando me asomo: “¿Quiénes sois?” “Soy yo”, les contesto. El poder de las palabras. No me conocen de nada pero me abren la puerta. No quieren a los medios, quieren que yo, tú todos vayamos y hablemos y lo veamos. Que no okupan para vivir (aunque ahora están las 24 horas por temor a otro desalojo) sino para ofrecer otro modelo de actividades sociales y culturales, de ocio, tiempo libre, abiertas a la gente, fundamentalmente al barrio de Torrero. Y el barrio ha respondido, no sólo acudiendo sino apoyándolos después del desalojo, en la reokupación. Son jóvenes valientes –mi interlocutor había dejado un trabajo indefinido en un “buen puesto” porque no veía claro que era eso lo que quería para su vida- que se han lanzado por el “otro lado”. Y anima pensar que no todo está perdido, como comentábamos en la entrada anterior. Pero no son todos jóvenes. También hay gente de cincuenta y tantos que sigue creyendo que otro mundo es posible y ahí están, a golpe de martillo reconstruyendo los destrozos. Y otros con hijos pequeños. Entra más gente, todo el mundo toca ese curioso timbre, se identifica y ponen cara de extrañeza al verme allí. No quieren a los medios, pero yo soy yo.




















El poder de las palabras. No quieren a los medios porque dicen que tergiversan su postura y que lo único que quieren es la instantánea del okupa abriendo la puerta. Proponen su propio canal de comunicación: http://okupa.noblezabaturra.org/ pero al leerlo no me he sentido decepcionada porque ya me lo esperaba. Tienen razón en que los medios manipulan, nos manipulan, pero no es muy diferente de su discurso. Entiendo que no quieran a los medios, pero creo que sería necesario un lenguaje más objetivo, menos tendencioso para hacer llegar su mensaje a más gente. Al fin y al cabo una página web también es un medio de comunicación. Sí, les entiendo, pero no dejar entrar a los medios no es muy diferente de la censura informativa de regímenes dictatoriales. Y me da pena, porque ellos no son así.

Son jóvenes valientes. No todo está perdido. Y lo estamos viendo en Túnez, donde han sido precisamente los jóvenes, los que desde abajo han conseguido derrocar un gobierno. Y se está contagiando a Egipto. El poder de las palabras. Cuando he ido a buscar en google más información sobre Túnez me he dado cuenta de que en función de lo que escribiera, los resultados serían distintos: “Túnez disturbios,” “Revuelta en Túnez” “Revolución Túnez”…



http://www.elpais.com/articulo/internacional/revuelta/popular/Tunez/fuerza/salida/Ben/Ali/elpepuint/20110114elpepuint_5/Tes

http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2011/01/110118_tunez_y_occidente_lf.shtml

http://www.pizcos.net/2011/01/el-poder-de-las-redes-sociales-en-una.html

Torrero-Túnez, son ejemplos de que somos NOSOTROS, tú, yo, y los que son como tú y como yo, los que podemos cambiar las cosas, sólo hay que empezar. En Egipto ya lo han hecho: http://www.heraldo.es/noticias/internacional/duros_enfrentamientos_las_calles_cairo.html

martes, 18 de enero de 2011

indignez-vous!



En los últimos días he tenido la oportunidad de escuchar y leer sobre este breve libro publicado por un nonagenario diplomático francés, Stéphane Hessel. Lo que he sabido sobre él me ha emocionado. No deja de ser sorprendente, a la par que lógico que sea un hombre de más de noventa años el que llama a la indignación, a la resistencia, al compromiso; en definitiva, a la defensa de la dignidad humana. Sorprendente porque lo hace refiriéndose sobre todo a los jóvenes, adormecidos en términos generales. Esos jóvenes sin futuro resignados a ser la generación perdida porque así lo han preconizado los medios de comunicación manejados por el poder económico. Y lógico porque pertenece a una generación, casi una casta de personas que han vivido de todo y han luchado por todo, que han combatido y han conseguido ganar en algunas ocasiones. Para esa “quinta de luchadores” ver y sufrir la apatía de los tiempos que corren con la que está cayendo, tiene que ser desesperante. Y claro, indignante.

Y aquí lo estamos viviendo con especial crudeza. Los políticos, no lo sé, pero algunos de sus asesores no son tontos y saben que el españolito medio es discutidor y perezoso por naturaleza y de esta manera nos mantienen entretenidos defendiendo encarnizadamente nuestras posturas sobre si fumar en los bares o no. Mientras, nos van inculcando una tristeza generalizada sobre las perspectivas económicas para que al final nos dé igual todo y hagan lo que les dé la gana. Y para que no empecemos a volar en caída libre desde los alféizares nos ponen algún partido de “héroes” millonarios dándole patadas a un balón o miserias de pseudovips para distraernos un poco. Es perfecto.

La crisis creada por los medios financieros la estamos pagando los trabajadores, por cuenta ajena o autónomos, lo mismo me da, mientras los bancos y las grandes empresas –que siguen teniendo beneficios, pero menos- reciben ayudas estatales; o sea, de nuestro dinero. O sea, que estamos pagando la crisis por partida doble. Y nadie dice nada. Nos lo tragamos todo, sobrevivimos con nuestras pequeñas angustias y seguimos discutiendo sobre el humo, el Barça o la Esteban (sigue en el “candelabro” ¿no?). Y nadie da un puñetazo en la mesa y dice “Hasta aquí hemos llegado”

Porque sí, hasta aquí deberíamos llegar, como en Túnez, donde pro fin alguien, los jóvenes, se han despertado y han salido a la calle a gritar que quieren comer, que quieren futuro. Ha sido doloroso, sí, pero han apagado la consola y se han levantado de sus sillas.

Tenemos más y más rápida comunicación que nunca. Jamás había sido tan inmediato preparar un “salto”. Adolecemos de exceso de información e incluso dicen que son la generación más preparada (eso también habría que discutirlo, como el tabaco). No tienen presente ni futuro. Ni siquiera los que vamos por delante de ellos lo tenemos. Ni los que van por delante de nosotros. ¿Cómo podemos, pues vivir en una sociedad sin presente ni futuro ni para nosotros ni para nuestros hijos y no decir nada? Estamos aletargados, embobados. De humanos sólo nos queda la apariencia, porque la capacidad de discernimiento, el sentido crítico hace tiempo que murieron de pena.

Quiero confiar en la especie humana, quiero pensar que podemos despertar y cambiar, que nuestra participación en nuestra vida no se restrinja a ir o no a depositar un voto en una urna. Que podemos, debemos exigir responsabilidades y tomar decisiones, que no podemos dejar que la crisis del capitalismo la solucione el capitalismo, que los políticos de ahora sean los patrones del futuro, y que los patrones de ahora les dicten a los ponen la cara para gobernar lo que tienen que hacer. No, vamos a recuperar aquel lema: Basta ya.