Zaragoza sigue gris. Por dentro y por fuera. Lo llevamos lo mejor que podemos. Nos reímos. El humor que no falte. Tengo el teléfono a estallar de memes y chistes, de cuentas de twitter delirantes y de contestaciones jocosas. Pero Zaragoza sigue gris. Por mucho que un par de operarios del Ayuntamiento limpien las calles vacías, mojen sobre mojado la acera por la que casi nadie pasa.
martes, 17 de marzo de 2020
lunes, 16 de marzo de 2020
segundo día de estado de alarma
Hoy hasta la atmósfera se ha aliado para que nos quedemos en casa. La mañana ha salido gris, fría, lluviosa, desapacible. Ya venía anunciándolo desde ayer por la tarde. En circunstancias normales, los días grises como este me deprimen y me pongo como una leona encerada. Hoy sin embargo, casi lo agradezco, lo último que necesito es una primavera radiante que me invite a un paseo imposible. Pero llegará, seguro. Mientras, seguiré trabajando con la tristeza tras de los cristales y un poquico metida en mi corazón. Pero #YoMeQuedoEnCasa.
domingo, 15 de marzo de 2020
primera mañana de alarma desde mi ventana
Nos han aislado a todos en casa. Estamos en estado de alarma. Anoche, si no fuera por la gravedad del asunto, caso resultaría cómico escuchar a todo un presidente del gobierno hablar de un diminuto virus con forma de pelota de juguete de perro como "el enemigo". Pero, en realidad, lo es.
Y aquí estamos, todos en casa, mirando el mundo desde nuestras ventanas. Pues qué mejor que este blog para contároslo. Ahí va mi primera mañana:
sábado, 9 de marzo de 2019
no me des lecciones de feminismo
Amanezco este nueve de marzo un
tanto brumosa, después de un #8M intenso. No hice muchas fotos, y las que hice
no son muy buenas. En realidad, me dediqué a vivir las distintas
reivindicaciones a lo largo de todo el día, en mi huelga particular.
Un año más me emocionaron las
estudiantes –y sus compañeros- en la manifestación. Hay futuro. Al mediodía la
plaza del Pilar se llenó para reventar “El cuento de la criada”, esa distopía
de Margaret Atwood en la que las mujeres perdemos todos nuestros derechos y vivimos
sometidas a nuestros maridos –las de clase alta- o a nuestros dueños –todas las
demás- convertidas en vientres reproductivos. Suena tan parecido a eso que eufemísticamente
llaman “gestación subrogada”,·que ya es una realidad y que siempre tiene un
único sentido: pareja pudiente alquila una mujer para que se destroce su cuerpo
con el embarazo y parto de un bebé ajeno al que no le podrá unir ningún vínculo
afectivo.
Por la tarde participé, otro año
más también, en la manifestación convocada por la plataforma #8M. He de
reconocer que no las tenía todas conmigo. Pensé que no tendría la repercusión
del año pasado. Afortunadamente, estaba equivocada. Después de más de dos horas
y media, a las nueve de la noche solo había conseguido llegar a la plaza España
desde el Paraninfo. Agotada e invadida por necesidades primarias, decidí
dejarla, satisfecha por comprobar que nos habíamos superado. Que ese grito
unánime que se resumía en que “la revolución será feminista o no será” es cada
vez más fuerte y, lamentablemente, necesario.
La tarde anterior había asistido
a la inauguración de la Exposición “ULTRAVIOLETA. Didácticas desde los
feminismos” y leí un texto que me ha hecho reflexionar bastante: “Desde sus albores más tempranos […] el
movimiento por los derechos de las mujeres ha tenido entre sus cometidos la
re-educación de una sociedad siempre recelosa ante sus reivindicaciones. Ya en
el siglo XV, durante la llamada Querella de las Mujeres, un gran número de
autoras [..] comienzan a generar textos contra la misoginia que sufren e
identifican, explicando el fundamento cultural, y no natural, del trato
desigual del que son objeto.
Desde
entonces, el esfuerzo del feminismo en el plano pedagógico ha sido ingente,
suponiendo a menudo una gran inversión de tiempo y energía. A las activistas o,
sencillamente, a las personas que se definen como feministas, se les exige
además una disposición plena y una actitud siempre didáctica, dando por sentado
una dedicación que no es reconocida ni valorada a nivel externo: una tarea
invisibilizada que a menudo supone una pesada carga pero que también tiene
brillantes expresiones.”
No le falta razón. Parece como si
tuviésemos que estar continuamente explicando y hasta justificando nuestro
feminismo, más o menos público, pero siempre activo. Y es que ayer mismo era tachada
de poco menos que arribista, que solo era feminista desde hacía tres años, que nunca
me habían visto anteriormente en manifestaciones ni actos. Me lo decía una
persona que me conoce, o al menos eso creía, bien, un hombre que tuvo que buscar
su postura feminista cuando era joven, allá en los setenta, precisamente en el
mismo momento en el que yo, en mi casa, estaba recibiendo una educación en
igualdad. Igualdad de oportunidades en el estudio, igualdad de obligaciones en
casa, igualdad de derecho al trabajo. Recibía mensajes de parte de mi madre de “ten
siempre tu propia independencia económica, no dependas de nadie” mientras ella
se iba a trabajar todas las mañanas taladrando mis oídos con sus tacones por el
pasillo. Crecí creyendo en esa igualdad, en esa independencia no solo
económica, sino también social, afectiva e intelectual. Elegí el camino de las
ciencias que parece vetado a las mujeres. Elegí el camino de la Geología, de grandes
soledades en el monte. Elegí el camino de la construcción en un mundo de
hombres. Elegí ser libre, y no atarme a quien me intentó doblegar, menospreciar,
anular. También había elegido años antes el mudo del deporte, desde crear mi
propio equipo de fútbol sala hasta carreras de orientación en bicicleta de
montaña. Elegí caminos difíciles, vetados normalmente para una mujer. Elegí
vivir de manera natural como una persona, sin distinción de sexo ni de género. Porque
pude elegir. Y eso, también es verdad, se lo debo a las mujeres que me
precedieron.
Y tal vez precisamente porque me
parecía natural no debí de estar en esas expresiones públicas del feminismo de
las que hablaba, tal vez, entre otras cosas, porque hasta hace muy poco, nos
habíamos movido en distintos ámbitos, y era difícil que pudiéramos coincidir. O
tal vez incluso puede ser que el que no me viera –porque no me conocía- no
quisiera decir que no estuviera allí. No recuerdo exactamente dónde me he
metido, porque he participado en muchas cosas a lo largo de mi vida. Sí
recuerdo haberme encarado en los años noventa con políticos presuntamente de
izquierda que dudaban del feminismo y de la brecha salarial, por ejemplo. También
durante la carrera adopté posturas de defensa de las mujeres contra los
profesores arriesgando mi expediente. He dejado parejas cuando me querían
someter y, por supuesto, jamás he tolerado un mal trato. Es más recuerdo en el
equipo de fútbol sala, como a una jugadora, ocho años más joven que yo, su
novio la insultaba e incluso creo que la llegó a agredir. Yo me quedé aterrada porque
no me podía imaginar que esos comportamientos se siguieran dando en gente tan
joven. Han pasado más de veinticinco años desde entonces y lamentablemente, se
siguen dando entre los chavales de la generación de mis hijos.
Cansa, cansa profundamente estar
haciendo continuamente didáctica del feminismo, que es lo mismo que decir hacer
didáctica de tu propia vida, para que luego venga un hombre a dar lecciones.
No, gracias. No me cuentes mi vida.
viernes, 1 de marzo de 2019
son mis amigas
Permitidme
que os hable de mis amigas. Os puedo hablar de Arantxa, Beatriz, Blanca, Gloria,
Manu o Tere, por ejemplo. Son todas geólogas. Las cuatro primeras, profesoras del
Departamento de Ciencias de la Tierra de la Universidad de Zaragoza. Manu,
catedrática en la Universidad de Borgoña. La última, presidenta de la
Delegación del Colegio de Geólogos en Aragón. Son todas mujeres de mi
generación. A algunas las conozco desde los catorce años, con otras hemos sido
como hermanas. Todas ellas han destacado en sus campos de trabajo.
Arantxa
es vicedecana de calidad de la Facultad de Ciencias, profesora titular del Área
de Estratigrafía y divulgadora científica a través de una actividad de
“Geología forense”. Siempre ha sido una mujer de carácter –de buen carácter-
inteligente y luchadora, a la que conozco desde que tenía catorce años y que no
solo no me sorprende adonde ha llegado, sino que sé que llegará mucho más
lejos.
Beatriz
también es profesora titular del Área de Estratigrafía, secretaria del
Departamento de Ciencias de la Tierra y editora principal de la Revista de la
Sociedad Geológica de España (también presidida por una mujer y en la que hay
una comisión específica de mujeres y geología). Hemos sido uña y carne durante
muchos años, desde el instituto, hemos vivido grandes momentos y otros muy
duros. La suya ha sido toda una carrera de obstáculos machistas para alcanzar
sus metas. Y lo que le queda.
Blanca
es profesora titular de Cristalografía y Mineralogía, directora del
Departamento de Ciencias de la Tierra, también ha sido vicedecana de la
Facultad de Ciencias y actualmente preside la Sociedad Española de Mineralogía.
Recuerdo que durante la carrera, una vez pasados a limpio, sus apuntes eran los
mejores… Y los momentos que pasamos en el campo, también.
Gloria
es profesora doctora contratada del Área de Geomorfología e investigadora en el
Instituto Universitario de Ciencias Ambientales (IUCA) especializada en
Geología Ambiental. Su casa en Fabara ha sido mi casa y sus padres me trataron
siempre como una hija. Mujer decidida de ideas claras, nunca rebla hasta
conseguir sus objetivos.
Manu
es catedrática de Sedimentología en la Université de Bourgogne –de hecho, fue
la primera catedrática de Geología en Francia- y anteriormente fue profesora
titular en el museo de Ciencias Naturales de París. Ha recorrido medio mundo
buscando yacimientos petrolíferos. La suya también ha sido una carrera plagada
de obstáculos en la que antepusieron su condición de mujer por delante de su
capacidad e inteligencia. Pero ella ha sido más fuerte.
Tere
trabaja en la Confederación Hidrográfica del Ebro como Técnica Facultativa
Superior y es Jefa de Servicio de Gestión y Planificación de Aguas Subterráneas.
En la Comisaría de Aguas del Ebro, con perfiles de titulaciones científicas, el
45% de puestos de jefatura lo ocupan mujeres, aunque según ellos, en otras
áreas aún queda mucho camino por recorrer. Además es presidenta de la delegación
del Ilustre Colegio Oficial de Geólogos en Aragón. Tere nunca pierde la
sonrisa, es una mujer tenaz que ha sabido pisar firme en su trabajo.
Os
podría hablar de más amigas mías médicas, abogadas, ingenieras, que se han
tenido que hacer un hueco en sus profesiones a veces desde el minuto cero, como
Piluca, mujer de sobresaliente en COU y que el primer día de ingeniería me
llamó llorando porque los profesores les habían dicho a las futuras ingenieras
que ellas solo estaban allí para pillar marido... Ha dirigido las instalaciones
eléctricas de obras como el Hospital Miguel Servet, o el Provincial.
Nosotras
también tuvimos que afrontar micro, meso y macromachismos en nuestra carrera, como
aquel profesor que nos echaba broncas por llevar rimmel al mirar el microscopio
porque decía que manchábamos los oculares, o posturas claramente misóginas –o
excesivamente babosas- en los despachos.
Mis
amigas han llegado lejos, y sé que ese no es su techo de cristal. Somos las
hijas del babyboom, la primera generación que llegó masivamente a la
Universidad. Que nos dijeron que podíamos y nos lo creímos, que recibimos
clases de un profesorado mayoritariamente de hombres en una promoción
mayoritariamente de mujeres, proporción que subió entra los que terminamos la licenciatura
en cinco años, y que hoy se traduce en que ha aumentado la cantidad de
profesoras en el departamento. Las mismas hijas del babyboom que nos
encontramos gran parte del camino hecho en la lucha feminista por las
generaciones inmediatamente anteriores, que también creímos que por fin se
estaban dando los pasos adecuados, que pensamos que lo natural era la igualdad,
porque nos sentíamos así. Que disfrutamos de nuestra sexualidad sin complejos
ni mucho menos culpa, que pudimos hablar, que ya no vivimos el machismo
trasnochado del franquismo que sufrieron nuestras madres, que ya no tuvimos que
depender de nadie. Que quisimos transmitir a nuestras hijas e hijos todos esos
valores para avanzar hacia una sociedad mejor.
Algo
falló. Han pasado casi treinta años. Nos debimos de confiar, creímos que
habíamos ganado esa lucha por la igualdad y bajamos la guardia. Fue solo una
batalla. Veo con estupor cómo lo que creíamos conseguido ha vuelto atrás. Cómo
revive la dependencia y el control de manera más sutil –y, por tanto, más
peligrosa- en las nuevas generaciones. Cómo nos pretenden devolver a la caverna
social, a la pata quebrada y cómo quieren convencernos de que lo que nos pasa
es porque nos lo merecemos. Cómo niegan nuestra realidad, nuestra valía. Cómo
quieren controlar nuestro cuerpo.
Nos
relajamos y se nos comieron, y de nuevo tenemos que volver a reivindicar
nuestro sitio. Tenemos que convencer a las niñas de que valen para la ciencia,
a las chicas de que no eso no es amor sino control, a las mujeres de que sean
libres en lugar de valientes, a las profesionales de que valen tanto como sus
compañeros… Pero sobre todo tenemos que convencer a la sociedad de que esa niña
es igual a ese niño, a los hombres de que nos quieran, nos respeten, nos
entiendan. A los profesionales de que somos todos y todas igual de capaces, de
que podemos y de que nos merecemos cobrar de la misma manera.
Hay
que convencer de una vez por todas al mundo de que el 50% de la población no
puede ser discriminada por el hecho de ser mujer, sino que estamos
perfectamente capacitadas para ejercer todos y cada uno de los trabajos y de
los puestos de responsabilidad, de acuerdo con nuestra formación. Y si no, ahí
están esas seis mujeres, mis amigas, como muestra de ello.
Publicado en "El Pollo Urbano" marzo 2019
http://www.elpollourbano.es/nosotras/2019/02/son-mis-amigas/
Publicado en "El Pollo Urbano" marzo 2019
http://www.elpollourbano.es/nosotras/2019/02/son-mis-amigas/
sábado, 1 de septiembre de 2018
la magia del arte y las palabras
Llegar al Espacio Huecha no
es fácil. Tienes muchas posibilidades de pasarte de largo. Tal vez ahí resida
parte de su magia, el del lugar recóndito al que sólo llegan los iniciados.
Al traspasar, por fin, esa
puerta junto a la plaza de la iglesia de Alberite de San Juan esa magia se
convierte en realidad… O tal vez sea al contrario. Bajo el amparo de una casa
de pueblo, rodeados de piedra, madera, ladrillo y mortero se abren cuatro espacios
expositivos y un jardín recoleto. Y el entorno y la materia se hacen arte y
poesía de la mano de Miguel Ángel Domínguez y su hija Marta Domínguez Alonso en
un maravilloso y perfecto ejercicio de amor paterno-filial.
Miguel Ángel, artista
plástico de dilatada trayectoria, se encarga de programar las exposiciones,
normalmente un par de ellas por temporada, en verano, en las que no falta su
obra, como este 2018 en el que disfrutamos de El Dragón enredado entre las rocas. Marta se ocupa de las
presentaciones y diálogos poéticos en el jardín, al amparo de la torre de la
iglesia mudéjar de la Asunción. Y todo ello cuenta con la hospitalidad de Inma
Alonso, verdadera hada madrina del Espacio Huecha. Hasta allí, llegan
–llegamos- una serie de incondicionales, entre los que tengo la osadía de
incluirme, gracias a la infatigable actividad del perfil de Facebook del
Espacio Huecha, del que Marta es su principal responsable.
Y es que, aunque ambos,
padre e hija pedalean en su tándem creativo, es ella con su energía la que va
al manillar, la que impone su ímpetu, frente a la tranquilidad, rayando en
timidez, de su padre. Se podría decir que Marta es el motor que mueve el
espacio, la que está siempre detrás, pero siempre hacia delante; quien con la
elegancia y generosidad heredada de sus padres y su propio carácter, tan dulce
como entusiasta, ha conseguido movilizar lo mejor de la poesía aragonesa hasta
Alberite, adonde los autores van a presentar sus últimos trabajos, como ya hizo
Manuel Martínez Forega en la sanjuanda de este mismo año, o como vino a hacer
Jesús Soria Caro el 8 de septiembre de 2018, coincidiendo con la inauguración
de la exposición Al paso de Germán
Díez.
Jesús Soria, colaborador de
El Pollo Urbano en la sección de letras, dialogó con Marta Domínguez
sobre sus libros Diario de Oceanía, Diccionario del tiempo, Sum(ido) 366, prologado
por la propia Marta, cuyo título es un claro homenaje a Miguel Labordeta y su Sumido 25, en el que hace una apuesta
por el haiku buscando la complicidad
del lector y The end, poemario
dedicado a películas del cine universal, como
buen cinéfilo que es.
Esta relación con la poesía
ya viene de lejos, porque el propio Miguel Ángel tiene decenas de carpetas de papeles
pintados para obras de diferentes poetas, colección que va creciendo año tras
año de manera casi compulsiva. A su vez, Marta, ha publicado varios libros de
poemas y participa activamente en encuentros a nivel nacional, como el que hubo
de escritoras a mediados de septiembre en Piedrahita (Ávila), o más
recientemente en Gotor en torno a la Celtiberia literaria.
En definitiva, arte y
poesía se dan una vez más la mano en el Espacio Huecha -como ya lo hicieran
esta primavera en la exposición Doce
poemas pintados, en la que participó Miguel Ángel y el posterior libro,
prologado por Marta- en una suerte de hechizo fantástico a los pies de la montaña
mágica por excelencia que es el Moncayo.
lunes, 25 de septiembre de 2017
el arte en sus manos. I: Pedro Tramullas
Hace un tiempo empecé casi por casualidad, una pequeña colección de fotos de manos de artistas. En los últimos años he tenido la oportunidad de relacionarme con algunos de los mejores del panorama nacional y, en algún caso, internacional. Personas no solo altamente creativas, que no es poco, sino con la destreza suficiente como para traducir sus ideas a la materia a través de sus manos. Como fotografiar cerebros me es francamente difícil y como mis manos son absolutamente incapaces de crear algo bello por mucho que lo imagine, aquellas otras de artistas, maravillosas y habilidosas, me daban cierta sana envidia y decidí, en una de aquellas visitas, fotografiarlas y escribir, ahí sí que tengo cierta maña, lo que me transmitían.
Hoy, dos años y medio
después, tarde, demasiado tarde, comienzo mi colección de impresiones con las
manos de un gran hombre que nos acaba de dejar, las de Pedro Tramullas.
Poco más puedo aportar sobre
él después de todo lo que se ha dicho en estos tres días desde que nos
enteramos de su fallecimiento. Yo solo puedo escribir lo que sentí el día que fui
a comer a su casa sus inefables muslos de pato. Sentí magia casi en el mismo
instante de traspasar la puerta. Pedro, un hombre mayor de aspecto tan curioso
como imponente me empezó a enseñar su taller abarrotado de objetos y esculturas
en piedra, madera y metal, y en sus ojos empecé a descubrir un cierto brillo de
complicidad que se agrandó después de comer cuando subimos a ver todo el equipo
que guardaba de su abuelo. Yo estaba fascinada.
Y no podía parar de mirar sus manos. Esas manos de las cuales
habían salido obras tan imponente como la puerta de Aspe, que habían tallado el
duro granito y la tosca piedra de Peñaforca, que habían retorcido el hierro
hasta sacarle la belleza, belleza que habían conquistado con tantos materiales
y técnicas…
Las manos de Tramullas eran fuertes, velludas. Comenzaban en una ancha y poderosa muñeca esculpida por el manejo de la maza y el cincel, y
terminaban en unos dedos cortos pero recios, en los que aún se adivinaba la huella
de la herramienta, igual que en la palma quedaban las huellas de viejos callos.
Sus manos hablaban de fuerza de tesón, de entrega. Era fácil imaginarlas
trabajando, materializando lo que aquel cerebro efervescente iba soñando.
Aquellas manos eran como sus ojos. Hablaban de arte, de amor al
arte. Y de comunión con todo aquel que también amara el arte. Aquellas manos
fueron un torrente de materia transformada. Fueron capaces de buscar el alma de
la tosca piedra, piedras duras, piedras blandas, pero piedras, de la madera desde
la más humilde hasta la más noble, del frío metal e incluso de la tierra bien
cocida. Pero también sorprendía que aquellos gruesos dedos manejaran la
delicadeza y la sutilidad de la plumilla con tanta exquisitez.
Las manos de Pedro Tramullas eran unas manos francas, sinceras.
Transmitían serenidad y confianza. Eran las manos de un hechicero. Eran pura energía.
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